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CONSTANZA CILLEY



VOLUNTARIADO


LA PERCEPCIÓN DE LA EDAD Y LA ETAPA DE LA VIDA

Algunos hallazgos del estudio:


LA POBREZA EN LOS OJOS DE LOS ARGENTINOS

Según el estudio “La pobreza en los ojos de los argentinos”, elaborado por la consultora Voices! en exclusiva para el proyecto Redes Invisibles de LA NACION, los prejuicios están profundamente instalados en la sociedad: el 77% de los entrevistados reconoce que los pobres son discriminados por la población. 8 de junio de 201923:57-LA NACION

"Hasta ese día no sabía que existía el prejuicio de creer que vivir en una villa es un delito", explica este joven que hoy tiene 27 años y que echa por tierra todo lo que una buena mayoría de los argentinos afirma que es y que puede lograr un chico que nació en una villa.

Miedo y hambre

El Estado, responsable

JÓVENES IRSE DEL PAÍS A pesar de que 6 de cada 10 jóvenes se quieren ir del país, hay un dato alentador Constanza Cilley, directora ejecutiva de "Voices!" compartió en MDZ Radio el resultado de una encuesta que se realizó en jóvenes de entre 16 y 24 años.


VIOLENCIA CONTRA LA MUJER Argentina es uno de los países con mayor violencia contra la mujer en la región- VERIFICAR

Violencia contra las mujeres no da tregua a nivel global Argentina y Chile destacan por su alta incidencia junto a India

Acoso sexual


MARTES, 12 DE OCTUBRE DE 2021


DÍA DE LA MADRE, 2023


ARTICULOS PARA HABLAR CON CONSTANZA 29.03.2024

Las mujeres realizan desplazamientos más complejos debido a la persistencia de roles tradicionales. Mientras los hombres realizan más trayectos lineales, típicamente del hogar al trabajo y de vuelta, las tareas domésticas y de cuidado imponen una carga adicional en la movilidad femenina, influyendo en la diversidad de sus viajes diarios. Por ello, en barrios vulnerables, es mucho más frecuente que por restricciones en la movilidad, las mujeres salgan menos del perímetro barrial que los hombres, empequeñeciendo su mundo.

La percepción de inseguridad de las mujeres

La percepción de inseguridad por parte de las mujeres en el espacio público y en los medios de transporte es una de las barreras que dificultan, tanto la experiencia de viaje como la vivencia del espacio urbano, llegando a limitar la autonomía, la libre circulación y el acceso a las oportunidades de educación, trabajo, cultura y esparcimiento que brindan las ciudades.

Según la encuesta «Ella se Mueve Segura» del CAF y la Fundación FIA en tres ciudades latinoamericanas, la mayor presencia de hombres, el hecho de viajar solas y la falta de luz del día incrementan su temor al momento de desplazarse. La violencia y el acoso están entre los principales problemas que sufren las mujeres en el transporte público. De acuerdo con la Organización de Naciones Unidas (ONU), en la Ciudad de México, una de las urbes más habitadas de la región, se calcula que el 96% de este grupo ha sido víctima por lo menos una vez de estas agresiones.

Un nuevo estudio global de opinión pública sobre igualdad de género, seguridad y violencia de WIN divulgado recientemente para el Día de La Mujer 2024, explora las opiniones y creencias en 39 países y encuentra que la mitad de las mujeres encuestadas a nivel global se sienten inseguras al caminar solas de noche por su propio barrio.

Esta percepción de inseguridad es más frecuente entre mujeres jóvenes. Es interesante destacar que, si bien este tipo de inseguridad es un fenómeno que también afecta a hombres, lo hace en mucha menor medida. A nivel global un 26% de hombres contra un 46% de mujeres no se siente seguro o confiado cuando camina solo de noche por su barrio.

Al observar las cifras por región, vemos que en algunas zonas geográficas las mujeres se sienten más inseguras que en otras, destacándose América como el continente con mayor porcentaje de mujeres que así lo señala (64% comparado por ejemplo con Europa con un 45%). Por otro lado, algunos países de América Latina están entre los que registran mayores porcentajes de mujeres que declaran que no se sienten seguras o confiadas al caminar solas de noche por su barrio.

Del ranking de 39 países, los primeros siete puestos son ocupados por países latinoamericanos y todos los países de América Latina están por sobre el promedio global. La percepción de inseguridad vial alcanza en Chile al 83% de su población femenina, en México al 81%, en Ecuador al 75%, en Brasil al 71%, en Argentina al 69%, en Paraguay al 65% y en Perú al 64%. En Europa, Italia, Grecia e Irlanda registran el mayor porcentaje de mujeres manifestando sentirse inseguras y en Asia Pacífico, Malasia y Corea del Sur son los países con los porcentajes más altos.

¿Cómo se cuidan las mujeres?

Las mujeres han desarrollado tácticas cotidianas y estrategias de autocuidado para gestionar su seguridad, desde evaluar la vestimenta que usan, hasta evitar ciertos lugares u horarios, ir avisando vía mensajes o llamados a amigos o familiares en qué etapa del viaje están para sentirse acompañadas, llevar elementos de defensa personal, quedarse a dormir en casa de alguien para evitar el desplazamiento nocturno, evitar caminar, evitar transporte público y usar taxi entre otras medidas.

En Argentina, en 2019, luego del femicidio de una adolescente de 17 años al volver a su casa a la salida de una discoteca, se hizo viral la campaña “Amiga, ¿llegaste?” que puso de manifiesto la red de contención y compañerismo que existe entre las mujeres que piden a sus amigas que se reporten al llegar por miedo a que les suceda algo en el trayecto que las separa del lugar del encuentro a sus hogares. La tecnología puede ser una aliada clave para mejorar la seguridad. Compartir la ubicación en tiempo real es una herramienta que se incrementa. Y muchas veces, frente al miedo, quedarse en casa es una opción.

Y por el lado de los servicios de transporte, son varias las mejoras posibles para incrementar la calidad de los viajes. Desde un menor tiempo de espera, paradas y estaciones cercanas al origen y destino o personal de seguridad durante el viaje, hasta el establecimiento de rutas más directas. Otras sugerencias de los expertos incluyen que los conductores permitan a las mujeres descender de la unidad en cualquier punto del recorrido; ampliación de la red y todas las acciones referentes a las mejoras de seguridad en general como mejor iluminación, vigilancia etc.

Además aplicaciones de movilidad de transporte con horarios en tiempo real, alertas de servicio y rutas seguras, pueden reducir el tiempo de espera y proporcionar información vital para las mujeres. En Brasil, por ejemplo, se ha puesto en marcha en San Pablo una iniciativa inédita para que las mujeres dejen de esperar solas el autobús en mitad de la noche, llamada Abrigo Amigo, transformando las paradas en paneles táctiles capaces de hacer video-llamadas con una central de atención donde son atendidas por un equipo de mujeres formadas específicamente para saber cómo actuar ante posibles situaciones de riesgo.

Resulta útil también la formación a choferes de transporte sobre acoso sexual y cómo prevenir y actuar ante esas situaciones. Recientemente, en distintos países de la región un app de viajes ha lanzado una iniciativa de sensibilización destinada a los choferes de su red para prevenir conductas inapropiadas por parte de los mismos con el objetivo de sensibilizar a los conductores sobre las conductas y comentarios que pueden resultar incómodos o molestos para las usuarias.

Las mujeres se sienten más seguras cuando la conductora del servicio público es mujer. Sin embargo, en América Latina, una gran cantidad de mujeres no tiene licencia para conducir y la edad en que la adquieren es mayor que la de los hombres. De este modo, posiblemente también les cueste más imaginarse en roles profesionales vinculados al manejo.

En este contexto, es esencial que los gobiernos nacionales y locales promuevan una mayor participación de las mujeres en la toma de decisiones sobre movilidad. Su conocimiento único sobre seguridad, infraestructura y modos de transporte puede contribuir a una planificación más inclusiva y segura.

En el mes Internacional de la Mujer, un llamado resuena: que la puesta del sol no mande a las mujeres latinoamericanas a quedarse en casa.


12 junio, 2023






2026

Las relaciones no son únicamente intercambios afectivos: funcionan como una infraestructura emocional que permite regular el estrés, atravesar la incertidumbre y construir sentido. En contextos de alta inestabilidad, estas infraestructuras se vuelven más frágiles y más exigentes de sostener. Tal como anticipó Zygmunt Bauman, los vínculos dejan de apoyarse en marcos colectivos estables y pasan a depender cada vez más del esfuerzo individual. A su vez, la experiencia de estar “solos juntos”, conceptualizada por Sherry Turkle, y la cultura emocional del autocontrol analizada por Eva Illouz resuenan con fuerza en los relatos recogidos por la investigación empírica.

Una encuesta nacional realizada por Voices! a población adulta a nivel nacional permite dimensionar este fenómeno. Al pedir a las personas que evalúen la calidad de sus relaciones personales en una escala de 1 a 10, un 63% declara altos niveles de satisfacción (puntajes 8 a 10), un 20% se ubica en valores intermedios (6 y 7) y un 16% expresa baja satisfacción (1 a 5). Aunque el promedio parece optimista, el dato revela que más de un tercio de la población no vive sus vínculos como una fuente clara y consistente de bienestar.

Las diferencias no son azarosas. La satisfacción relacional aumenta con la edad y es mayor entre quienes cuentan con más educación y mejores condiciones socioeconómicas. En contraste, los jóvenes aparecen como el grupo más expuesto: casi uno de cada cuatro jóvenes de entre 16 y 24 años declara baja satisfacción, y más de la mitad queda fuera del segmento de alta satisfacción. Estos patrones muestran que la experiencia del vínculo está estructurada por recursos, trayectorias y etapas de la vida.

El análisis de las respuestas abiertas permite reconstruir distintos patrones relacionales, entendidos como entornos de vínculo con reglas, costos y equilibrios específicos.

Entre quienes declaran alta satisfacción se configura un patrón de estabilidad. Las relaciones son vividas como fuentes de apoyo, reciprocidad y continuidad. La familia y un círculo reducido de amistades aparecen como anclas emocionales, y la satisfacción se asocia a la capacidad de elegir y regular los vínculos sin que se transformen en una carga. Como señalan algunos entrevistados: “Me siento apoyado y acompañado. Mi familia y mis amigos cercanos siempre están cuando los necesito”. Otro agrega: “Tengo un círculo chico, pero fuerte. Elijo con quién pasar mi tiempo y eso hace que mis relaciones sean más sanas”. En estos relatos, la estabilidad no se vincula con la cantidad de relaciones, sino con su calidad y manejabilidad.

En el segmento de satisfacción intermedia emergen patrones de desgaste. Las relaciones existen y son valoradas, pero se desarrollan bajo condiciones de presión cotidiana. La falta de tiempo, el cansancio persistente y la sobrecarga de responsabilidades reducen la posibilidad de presencia emocional. “Mis relaciones están bien, pero no tengo tanto tiempo como me gustaría para dedicarles”, explica una persona. Otra sintetiza esta experiencia diciendo: “Hablo con gente, pero todo se siente apurado. Hay poco espacio para conversaciones más profundas”. Aquí no hay ruptura, sino erosión: vínculos que se sostienen formalmente, y menor disponibilidad emocional.

En los niveles más bajos de satisfacción se consolidan patrones de retraimiento. Los relatos están marcados por la soledad, la desconfianza y el agotamiento emocional. Las relaciones son percibidas como ausentes o decepcionantes, y el distanciamiento aparece como una forma de autoprotección. “Me siento muy solo. No tengo a nadie con quien realmente hablar”, expresa un entrevistado. Otro señala: “Dejé de confiar en la gente. Cuando los necesitás, no están”. En estos casos, retirarse del vínculo no es una elección deseada, sino una estrategia frente a experiencias reiteradas de frustración.

Las barreras que limitan la vida relacional ayudan a entender por qué estos patrones no se distribuyen de manera equitativa. En el total de la población, la falta de tiempo y el cansancio aparecen como obstáculos centrales, a los que se suman los costos económicos asociados a sostener la vida social y un clima de desconfianza que dificulta el encuentro. Estas barreras no impactan de igual modo en todos los grupos: las desigualdades socioeconómicas amplifican los costos materiales y emocionales de vincularse, cosa que afecta especialmente a quienes cuentan con menos margen de maniobra.

Cuando se observa el fenómeno por género, emergen barreras específicas. Entre las mujeres, el cuidado de otros —hijos, familiares mayores, personas dependientes— limita de manera significativa el tiempo y la energía disponibles para sostener relaciones propias. A esta sobrecarga se suma la inseguridad en el espacio público, que restringe horarios, desplazamientos y posibilidades de encuentro. En estos casos, el debilitamiento del vínculo no responde a desinterés, sino a condiciones estructurales que distribuyen de manera desigual el trabajo emocional y relacional.

Entre los jóvenes, las barreras materiales y de tiempo también están presentes y con fuerza, especialmente en un contexto de precariedad e incertidumbre. Sin embargo, en sus relatos aparece además una dimensión específica: la falta de ganas. Esta expresión no reemplaza a las otras barreras, sino que las condensa. Remite a cansancio emocional, saturación de demandas y dificultad para sostener vínculos que se perciben como exigentes. A ello se suma la percepción de una escasez de espacios públicos de encuentro y un clima de polarización que vuelve más complejo sentirse cómodo en lo colectivo. El resultado es una experiencia relacional más frágil, marcada por el repliegue y una selectividad extrema.

La literatura sobre capital social ha mostrado que la confianza interpersonal no es solo un recurso privado, sino un componente central de la vida democrática. Como señaló Robert Putnam, la calidad de los lazos cotidianos incide en la disposición a cooperar, asociarse y participar en lo público. Cuando los vínculos se experimentan como desgaste o riesgo, no solo se retrae la esfera íntima: también puede disminuir la energía disponible para la acción colectiva, la participación comunitaria y el diálogo social. La desigualdad emocional, en este sentido, no es únicamente afectiva: puede traducirse en desigualdad cívica.

Leído en conjunto, este mapa muestra que la satisfacción con las relaciones personales no depende únicamente de la voluntad individual. Es también una expresión de desigualdad social. Cuando el bienestar relacional exige cada vez más autogestión, no todas las personas parten del mismo punto ni cuentan con las mismas condiciones para sostener vínculos que cuiden, acompañen y den sentido.

Si las relaciones funcionan como una infraestructura central del bienestar, una sociedad en la que vincularse se vuelve, para muchos, una experiencia de desgaste o repliegue que enfrenta costos que trascienden lo individual. No se trata únicamente de malestar privado, sino de una fragilización del tejido social que puede afectar a la cooperación, la confianza y la calidad de la vida democrática.

Constanza Cilley Directora de la consultora argentina Voices. Miembro del Consejo Directivo de WAPOR Latinoamérica, el capítulo regional de la asociación mundial de estudios de opini


EnciclopediaRelacionalDinamica: ConstanzaCilley (última edición 2026-03-18 20:47:22 efectuada por MercedesJones)