Espada de Damocles
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- La historia de los griegos, de Hélène Adeline Guerber (1859-1929)
- Dionisio, el tirano de Siracusa, no era un hombre feliz, por mucho dinero y poder que tuviera. Lo atormentaba especialmente el miedo constante de que alguien fuera a asesinarlo, pues él había sido siempre tan cruel que se había hecho muchos acérrimos enemigos.
- Se dice que esto lo asustaba tanto que nunca salía si no era rodeado de guardas, espada en mano, y nunca entraba en una habitación si primero no mandaba a sus sirvientes para que inspeccionaran cada rincón y se aseguraran de que no había asesinos escondidos.
- El tirano llevaba su precaución tan lejos que nadie tenía permitido acercarse a él hasta que no lo cachearan concienzudamente para asegurarse de que no llevara armas escondidas sobre él. Una vez, su barbero dijo de broma que todos los días tenía en sus manos la vida del tirano, por lo que desde entonces Dionisio no permitía que lo afeitara.
- En lugar de eso, dejaba que lo hicieran su esposa o su hija, hasta que desarrolló tal paranoia que llegaba a hacerlo él mismo o incluso se dejaba crecer la barba.
- Con esas ideas constantemente en la cabeza es imposible vivir feliz, y, como Dionisio creía que todos eran tan malvados como él, siempre sospechaba que los demás querían robarle, o herirle o matarle de una forma u otra.
- Incluso su sueño estaba dominado por el miedo, y, para que nadie lo tomara por sorpresa, dormía en una cama rodeada de un foso. Tenía un puente levadizo que daba acceso a la cama, que levantaba él mismo desde su lado, de modo que nadie pudiera asesinarlo mientras dormía.
- Entre los cortesanos que visitaban a Dionisio cada día había uno llamado Damocles. Era un gran adulador y nunca se cansaba de decirle al tirano lo afortunado y poderoso y rico que era, y que tenía una vida sumamente envidiable.
- Llegó el momento en que Dionisio se cansó de tanta adulación, y quiso darle su merecido tomándole la palabra, pues Damocles le había dicho:
- —Si la gente me obedeciera tanto como a ti, sería el más dichoso de los hombres.
- Entonces Dionisio le dio ricos vestidos y lo puso en el asiento más cómodo ante la más exquisita de las comidas, y dijo a los sirvientes que obedecieran a Damocles como si fuera él mismo. Esto le encantó a Damocles, que reía y cantaba, comía y bebía y disfrutaba aquello de todas las formas que podía imaginar.
- Por casualidad levantó la vista hacia el techo y vio sobre su cabeza una espada desenvainada colgando por un único cabello. Se quedó pálido de terror, se le cortó la risa y, en cuanto pudo moverse, dio un salto del asiento, en el que había estado en tan gran peligro de morir por la espada sostenida por un solo pelo.
- Dionisio, fingiendo estar sorprendido, le dijo que por qué no volvía a su asiento, pero Damocles no quiso, señalando la espada con su mano temblorosa. Entonces el tirano le dijo que alguien que es constantemente presa del miedo no puede ser realmente feliz, y esa explicación la entendió Damocles al momento.
- Desde entonces, cada vez que una persona aparentemente feliz y próspera se ve amenazada por un peligro no evidente, se suele mencionar la espada de Damocles.