GABRIELA CERRUTI es autora del libro La Revolución de las Viejas. https://gabrielacerruti.com.ar/larevoluciondelasviejas/
Gabriela Cerruti: "Somos poderosas, una generación que peleó en la calle" https://www.tiempoar.com.ar/nota/gabriela-cerruti-somos-poderosas-una-generacion-que-peleo-en-la-calle?fbclid=IwAR3gopqHBoA8XLoQqUPSfowqLLg9RlwUUa-w2BtjIKMxCVXGiYNY8fetUnk
PRESENTACIÓN
- Presentar a Gabriela Cerruti es fácil, porque es una persona muy conocida. Diputada nacional por el Frente de Todos, ha sido ministra de Derechos Humanos y Sociales en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y legisladora porteña. Es periodista, hizo un posgrado en el Reino Unido (Universidad de Westminster) y es docente en la Facultad de Periodismo de la Universidad Nacional de La Plata. Ella misma se presenta como Periodista, escritora, docente, madre, ecologista y feminista. Diputada nacional Frente de Todes.
- Presentar a Gabriela es fácil pero decir quién es Gabriela Cerruti es algo muy distinto. En mi caso, comencé a intuir fuertemente quién es Gabriela a partir de leer su libro de reciente publicación La revolución de las viejas. Desde la dedicatoria del libro hasta los agradecimientos nos muestran quién es Gabriela. Dedica el libro a su madre en un poema que resulta emocionante. Al final dice: A Rosa Elena Riasol, mi madre. Tardé una vida en descubrir que en ese nombre resuena un universo posible.Y en los agradecimientos, que también son conmovedores, nombra a sus hijos Lucio y "Sofía que le dan sentido,placer y sabiduría a cada momento".
Por eso Gabriela, te pido que nos hables unos minutos de las influencias que has tenido en tu vida y que se ponen en evidencia al escribir este libro. -
LA REVOLUCIÓN DE LAS VIEJAS- La marea que cambiará tu vida y el mundo: Bienestar, sexo y poder DESPUÉS DE LOS 6O
- Ese día me miré al espejo y ya no estaba.Me había vuelto invisible. Irrelevante.
- El libro comienza con testimonios de mujeres que describen la percepción de la vejez con imagenes y al final de esas descripciones hay un testimonio donde se afirma:Creo que está muy bien todo lo que estamos haciendo por acompañar a la revolución de las jóvenes pero estaría muchísimo mejor si somos capaces pronto de empezar a armar la revolución de las viejas.
- P13- Durante muchos años me oobsesionó la idea de la muerte. Hacia cuentas de cuántas veces iba a vivir lo que ya había vivido. Un día dejé de hacer cuentas y empecé a preguntarme: y si vivo cuarenta años más, ¿qué voy a hacer? No tengo proyecto para lo que me resta. Nos pasamos la vida ilumninando a otros para sentirnos iluminadas....Ahora somos nosotras con otras, compartiendo un momento de la vida y de la humanidad en que nos adentramos en un territorio allende las fronteras conocidas. Y queremos hecharnos a andar y explorar. P. 15 No somos las madres que fueron nuestras madres y mucho menos las abuelas que fueron nuestras abuelas. No tenemos un modelo de vejez en el que reconocernos. Por eso decidimos construirlo. Esa frase me hace acordar a la frase clásica de la prospectiva: la mejor manera de conocer el futuro es construirlo. ¿Podrías comentarnos, según los datos que ustedes tienen, cuáles son los ejes de las preocupaciones de las mujeres que participan en la revolución de las viejas?
- 18 Si vamos a vivir más y en mejores condiciones, ¿por qué no festejamos, entonces? Porque el relato de nuestra existencia sigue organizado como hace cien años atrás. Nacemos, crecemos y nos alfabetizamos hasta los veinte, armamos una familia y trabajamos hasta los sesenta, cuando nos jubilamos y nos retiramos. Para esperar la muerte.
P21 Cuando estamos listas para estar más activas que nunca, nos anuncian que hemos pasado a ser...pasivas. Este océano entre el relato social y el espejo es profundamente disruptivo. Y revolucionario. Si la humanidad va a ser longeva, la longevidad tiene que salir a la luz...En nuestra sociedad es más fácil hablar de la muerte que de la vejez. La vejez es ese no lugaren el que nos escabullimos sin que nadie lo note, es ese tiempo entre el trabajo y la muerte en el que nos volvemos invisibles. Es un problema al que mejor no nombrar.
- P22. El retiro a pasado a ser la etapa más larga de nuestra vida. Pasamos 12 años en la infancia, 20 entre la adolescencia y la juventud, 30 en la adultez y ...¿20, 30, 40 en la vejez? Pero no tenemos relato ni proyecto para esa etapa de la vida a la que llegamos con todo lo aprenhendido todo lo acumulado, y todo lo que todavía nos queda por hacer....Nos falta un proyecto colectivo pero muchas veces tampoco tenemos un proyecto individual.
- Simone de Beauvoir: no alcanza con cambiar la vejez. Hoy hace falta cambiar la vida. Entonces déjenme decirles esto: creo, con convicción, que cambiar el mundo le toca a la sabiduría de las viejas más que a la pasión de las jóvenes.
- P 28. Formar parte de un movimiento colectivo es la mayor fuerza emancipatoria de la historia. Descubrir de pronto que lo inevitable no es inevitable. Que hay otra opciónl.
- P 31 La creencia impuesta y naturalizada de que los jóvenes son revolucionarios y los viejos conservadores está cargada de prejuicios... y lo citás a FRANCO BERARDI. Nuestra fuerza ya no puede basarse en la agresividad, ni la apropiación violenta, sino en el gozo de la cooperación y el compartir.
- P42 UNA DESCRIPCIÓN POÉTICA DE LA MAREA PLATEADA: Somos ondas en el mar.lo formamos y al mismo tiempo nos contiene y nos modifica. Marchamos a la par. Somos marea, una marea que está llegando a la orila de un territorio virgen e inexplorado. Somos una posibilidad.
- P43 Somos viejas pero no cualquier vieja. Somos viejas paradas en la frontera de un territorio a explorar y a construir. Viejas que no importa cuántos años tengamos, porque la edad es una condición social y política.
- P47 Desde el principio la consigna de la Revolución de las viejas fue que pudieran participar todas las que se autopercibieran como viejas. De las 30.000 que se sumaron al grupo de Facebook, la mitad tiene entre 50 y 64 años y la otra mitad se divide entre mauores de 75 y menores de 49 por partes iguales.¿Por qué? porque somos viejas socialmente antes que biológicamente.
- P64 Pensemos por un instante qué hubiera pasado si la pandemia del corona virus hubiera matado principalmente a niños y a jóvenes. Miles y miles de niños muertos por día. Quizás hubiera sido más sencillo generar empatía en el resto de la población para que siguiera las normasy los recaudos necesarios para no contagiar ni contagiarse.
- P 66 y 67
- P 73 LA GENERACIÓN DE LA DEMOCRACIA- Justamente me interesó el uso que hacés del concepto de generación, ese tramo de edades que experimenta similares acontecimientos políticos y culturales que les marcan y les proponen nuevos desafíos.
- Estamos revolucionadas. Está claro que todas deseábamos, y había que decirlo, nombrarlo. Cada una de las historias que se van colgando en este grupo es ese Decir, Nombrar, poner en palabras quiénes somos, qué deseamos, qué sueños nos atraviesan. Biografías que van tejiendo la trama de una gran biografía: la de la Mujer nacida en los cincuenta, sesenta, que leímos la misma literatura, escuchamos la misma música, nos atravesaron los mismos dolores y las mismas victorias. Qué bueno haberlo dicho, haberlo nombrado. Somos nosotras. Acá estamos. Qué siga la Magia.La Revolución de las Viejas Grupo privado- 31,3 mil miembros
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- Tres de Febrero
- La vida después de la vida: por qué no alcanza con vivir más si no aprendemos a llenar los años de experiencias felices
La ciencia promete que llegaremos a los 90 o más. Pero, ¿qué pasa si esos años se sienten vacíos? Un nuevo concepto, el “joyspan”, propone que la verdadera revolución no será vivir más, sino aprender a vivir con propósito, conexión y risa hasta el final
- Por Gabriela Cerruti para Infobae
- 14 Sep, 2025
- La gerontóloga Kerry Burnight propone un concepto revolucionario. Según ella, así como tenemos lifespan (esperanza de vida) y healthspan (esperanza de vida saludable), necesitamos medir y cultivar el joyspan: los años en los que experimentamos alegría, conexión y propósito. (Imagen ilustrativa Infobae)
- Volví del cumpleaños número 95 de mi madre desconsolada, directo a mi sesión de terapia. ¿Qué hago si me quedan 40 años más? No tengo plan, ni proyecto. La vida era estudiar, casarse, tener hijos, trabajar, jubilarse. Y ahora resulta que después de eso empieza, tal vez, la etapa más larga. ¿Cómo es la vida después de la vida?
- Hoy la ciencia puede prometer que viviremos hasta los 90. ¡Y tal vez más! Pero nadie garantiza que sonreiremos hasta los 90. Esa diferencia, pequeña en palabras pero enorme en sentido, nos obliga a detenernos y mirar con otra lupa el gran relato tan vigente hoy sobre “la nueva longevidad”.
- No alcanza con sumar años a la vida, ni con sumar salud a los años: necesitamos sumar alegría.
- Durante décadas nos acostumbramos a medir la longevidad en términos de cifras: expectativa de vida, tasas de mortalidad, índices de envejecimiento poblacional. Jubilaciones y pensiones. Más tarde llegó la expectativa de salud, ese parámetro que buscaba corregir la ilusión de una vida larga si estaba condenada a la enfermedad. Y ahí comenzó la moda de los ejercicios, las proteínas y las fórmulas mágicas para sostenernos en forma. Pero, como señala la gerontóloga Kerry Burnight, fundadora del concepto de joyspan, ninguna de esas medidas basta si dejamos afuera lo que verdaderamente le da sentido a la vida: la capacidad de experimentar alegría, propósito y conexión.
- Hoy, cuando la medicina nos ofrece más años que nunca, el dilema existencial no reside solo en saber cuánto viviremos sino en qué haremos con esos años.
- La ecuación incompleta
- Un artículo del New York Times se detuvo la semana pasada en esta discusión: vivir más es un logro civilizatorio indiscutible, pero puede convertirse en una trampa si no se acompaña de condiciones emocionales, sociales y comunitarias que sostengan una existencia plena. El texto citaba historias de personas que habían alcanzado edades avanzadas, la mayoría incluso en buen estado de salud. Aun así, levantarse todas las mañanas no es sencillo para muchas de ellas. Y la pregunta ya no es si duele la rodilla al caminar. La cuestión es: “¿Para qué salir de la cama, si hoy no tengo nada para hacer?”.
- La pregunta no es nueva. Ya el escritor Albert Camus nos advirtió hace más de setenta años que el mayor problema filosófico de nuestra época era el sentido de la vida, no su duración. Y el neurólogo Viktor Frankl, sobreviviente de los campos de concentración nazis, mostró en El hombre en busca de sentido que el propósito y la capacidad de encontrar belleza, incluso en la adversidad más atroz, era lo que distinguía a quienes lograban seguir viviendo.
- La semana pasada compartí una entrevista que le hicimos a Katja Alemann en @milhorasar y hoy ya tiene más de un millón de visualizaciones. ¿Qué es lo convocante? Katja se ríe, con esa carcajada estrepitosa que las mayores le conocimos en Cemento, y dice sencillamente que ella no se acuerda de su edad, que no se siente vieja. “Solo cuando me miro al espejo”, dice, y vuelve a reírse. “Porque lo que me mantiene viva es tener una causa, un propósito. Eso es lo que me mantiene viva”.
- “La vejez no se define por el número de años, sino por la idea de que ya no hay nada más por esperar”, escribió hace mucho Simone de Beauvoir. Hoy, cuando la medicina nos ofrece más años que nunca, ese dilema existencial regresa con más fuerza. No alcanza con preguntarnos cuánto viviremos, sino qué haremos con esos años.
- Hace unos meses conocí a Teresa, una mujer de 92 años que había perdido a su esposo y que se sentía atrapada entre los recuerdos de una vida que ya no era la suya. Sus hijos la convencieron de probar un taller de lectura en la biblioteca de su barrio. La primera semana asistió en silencio, como una espectadora tímida. La segunda se animó a leer un poema de Idea Vilariño. La tercera semana ya estaba discutiendo con entusiasmo con un joven de veinte años sobre si el poeta uruguayo Mario Benedetti era cursi o visionario. Cuando le pregunté qué había cambiado, me respondió con una sonrisa desarmante: “No me devolvieron los años, pero me devolvieron las ganas”.
- Esa frase resume lo que está en juego. No se trata de negar el dolor, la pérdida, las limitaciones físicas. Se trata de recuperar la capacidad de alegrarse, de conectar, de sentir todavía que hay algo por descubrir.
- La neurociencia demostró que las personas que cultivan emociones positivas no solo muestran mayor bienestar, sino también sistemas inmunológicos más robustos y menor deterioro cognitivo
- “Joyspan”: la tercera dimensión de la longevidad
- Kerry Burnight propuso un concepto que parece obvio, pero es revolucionario: joyspan. Según ella, así como tenemos lifespan (esperanza de vida) y sumamos hace un tiempo ya la idea de healthspan (esperanza de vida saludable), necesitamos medir y cultivar el joyspan: los años en los que experimentamos alegría, conexión y propósito.
- Burnight, con más de tres décadas de experiencia en gerontología, identificó cuatro pilares que sostienen esta expectativa de alegría:
- Grow (crecer): aprender algo nuevo, mantener viva la curiosidad.
- Adapt (adaptarse): reinventarse frente a las limitaciones, encontrar nuevas formas de autonomía.
- Give (dar): ofrecer lo que tenemos —tiempo, atención, escucha— aunque no sean bienes materiales.
- Connect (conectar): tejer vínculos significativos que contrarresten la soledad, ese mal silencioso que erosiona más que muchas enfermedades.
- Estos pilares no son meras abstracciones. Son guías prácticas, pequeñas brújulas que orientan la vida cotidiana hacia una experiencia más plena.
- “No es cierto que la gente deje de perseguir sueños porque envejece; envejece porque deja de perseguir sueños”, escribió Gabriel García Márquez. Y ahora viene la ciencia a confirmarlo.
- Ciencia y emociones: un vínculo inseparable
- Los neurólogos llevan tiempo mostrando la íntima relación entre emociones y salud. Richard Davidson, pionero en neurociencia afectiva, demostró que las personas que cultivan emociones positivas no solo reportan mayor bienestar, sino que muestran sistemas inmunológicos más robustos y menor deterioro cognitivo. La alegría, lejos de ser un adorno de la vida, es un factor biológico de resiliencia.
- La Organización Mundial de la Salud viene alertando que la soledad crónica aumenta el riesgo de muerte prematura en un 30%, equiparable al efecto de fumar quince cigarrillos al día. El aislamiento social, entonces, es el enemigo invisible de la longevidad significativa. La soledad no deseada es la pandemia de nuestro tiempo. Una sociedad que fue metiéndose para adentro, rompiendo vínculos, encerrándose, deja a las personas mayores aisladas, aburridas, sin propósito.
- Aprender algo nuevo, mantener viva
- Aprender algo nuevo, mantener viva la curiosidad, es uno de los pilares que orienta la vida cotidiana hacia una experiencia más plena. (Freepik)
- El contexto importa
- Ahora bien, hablar de joyspan en sociedades donde las necesidades básicas no están garantizadas puede sonar a privilegio. * ¿Cómo hablar de alegría a quienes llegan a la vejez en la pobreza, sin una alimentación suficiente, sin ingresos, fuera de un sistema de salud accesible?
- En países con profundas desigualdades, pensar en extender la vida sin asegurar condiciones mínimas de dignidad es un sinsentido. La alegría, en esos casos, se convierte en un lujo al que pocos acceden. Por eso el debate sobre la longevidad no se puede limitar a los avances de la biomedicina o a influencers compartiendo ejercicios saludables o hobbies para todas las edades. Si vamos a vivir más, tenemos que vivir mejor.
- Una cuestión cultural
- También hay un componente cultural. En las sociedades occidentales solemos asociar la vejez con la pérdida, con la inutilidad, con la invisibilidad. Un mundo pensado para la producción y el consumo, no tiene lugar para los que viven lento y ya salieron del mercado laboral. Para los chinos y otras sociedades orientales, en cambio, la edad no es un número y la relación entre las personas está marcada por quién tiene algo para enseñar y quién tiene algo para aprender. El orden lo da la sabiduría. Esa valoración cambia radicalmente la experiencia subjetiva del envejecimiento.
- El filósofo Byung-Chul Han advierte que vivimos en una sociedad del rendimiento, obsesionada con la productividad, que condena a la irrelevancia a quienes ya no producen. Recuperar el valor de la alegría en la vejez implica también cambiar esta mirada cultural: la vida no se mide solo en términos de utilidad económica, sino en la capacidad de compartir, de narrar, de disfrutar.
- Tejer vínculos significativos
- Tejer vínculos significativos que contrarresten la soledad es otra de las claves para hacer de la vida una experiencia plena de sentido y fomentar la alegría. (Imagen ilustrativa Infobae)
- Hacia una nueva métrica
- Quizás el desafío más urgente sea medir lo que realmente importa. Tenemos estadísticas para todo: cuántos años viviremos, cuántas enfermedades evitaremos, cuántos medicamentos tomaremos. Pero, ¿qué pasa con la alegría? ¿Cómo la cuantificamos?
- Algunos investigadores trabajan en escalas de bienestar subjetivo, en indicadores de satisfacción vital, en métricas de conexión social. No son perfectos, pero al menos nos recuerdan que el sentido último de la longevidad no se juega en los consultorios, sino en la mesa compartida, en la risa inesperada, en la sensación de seguir perteneciendo.
- “Las viejas nos reímos mucho”, me dijo el otro día Rita Segato, la antropóloga que decidió radicarse en Tilcara aunque la convocaban como eminencia las universidades más prestigiosas del mundo. “Me gusta encontrarme con mis amigas, y reírme mucho”.
- Epílogo necesario
- No se trata de romantizar la vejez ni de negar sus dolores. Se trata de devolverle al relato de la vida larga la dimensión más humana de todas: la alegría. Porque no hay medicina que cure la soledad, no hay estadística que compense la falta de propósito, no hay expectativa de vida que valga si los días se llenan de vacío.
- La verdadera revolución no será solo vivir más, ni incluso vivir mejor, sino aprender a vivir con más alegría. Porque, al final del día, lo único que todavía sacude el cuerpo es la risa en buena compañía.
- “Defended la alegría, como una trinchera”, escribió el poeta uruguayo que lee Teresa en su club. Medio siglo después, la ciencia vino a darle la razón.
- *La autora es periodista, escritora y autora del libro “La Revolución de las Viejas”.
- Nueva longevidad: once reglas de oro para diseñar la vejez que querés vivir
¿Por qué planeamos una fiesta o un viaje pero no los próximos 40 años? Un manual para diseñar tu futuro hoy: desde entrenar para ser libre hasta achicar la casa para ganar independencia. Claves para blindar tu autonomía económica y construir una red que te proteja de la invisibilidad
- Por Gabriela Cerruti para InfoBAE
- 11 Ene, 2026
Hoy, después del retiro, se abren nuevos caminos. Vamos a vivir casi otra vida adulta completa. Elegir cómo vivirla no es un gesto grandilocuente, es una forma de inteligencia vital (Freepik) Hay un momento, alrededor de los veinte años, en el que tomamos una cantidad enorme de decisiones sobre cómo va a ser nuestra vida adulta. Dónde queremos vivir, de qué queremos trabajar, qué tenemos que estudiar, cómo imaginamos nuestra situación económica y cómo vamos a sostenerla. Con quién queremos compartir nuestros días, si vamos a tener hijos o no. Las respuestas pueden ir cambiando, podemos fracasar en los intentos, pero sabemos que la vida adulta se diseña. Son decisiones que se toman cuando todavía somos muy jóvenes y que, por décadas, marcarán casi todo nuestro recorrido.
Durante mucho tiempo se creyó que ese camino proyectado llegaba más o menos hasta la jubilación, alrededor de los sesenta o setenta. Después, descanso, retiro, cierre. Pero algo cambió.
Hoy nos dicen —y los datos lo confirman— que después de ese punto de llegada, se abren nuevos caminos. Vamos a vivir casi otra vida adulta completa: treinta, cuarenta años más. Una etapa entera que no estamos pensando, ni diseñando, ni preparando con la misma seriedad con la que pensamos la primera. ¿Por qué dedicamos meses a planificar un viaje, una boda o una fiesta importante y no invertimos tiempo ni energía en pensar cómo queremos que sea el período de nuestra vida que, de ahora en adelante, puede convertirse en el más largo de todos? Si vamos a vivir más, ¿no deberíamos también vivir mejor esos años?
Estas no son respuestas cerradas ni fórmulas mágicas. Son algunas reglas de oro —once, porque los decálogos son parte del siglo XX— que no pretenden ser definitivas. Todo está en construcción, todo se sigue pensando, porque la nueva longevidad es un descubrimiento cotidiano. Pero de algún lado hay que empezar. Y tal vez este pueda ser un buen punto de partida. Tener algunas reglas de oro Tener algunas reglas de oro para empezar a pensar cómo vivir la que quizás sea la etapa más larga de la vida es un punto de partida para aprovechar esos años de la mejor manera posible (Freepik)
1. Elegí cómo querés vivir
Llegar a esta etapa es haber aprendido algo fundamental: el tiempo es finito y la energía también. Elegir cómo querés vivir hoy no es un gesto grandilocuente, es una forma de inteligencia vital. Supone aceptar que no todo merece el mismo esfuerzo, que no todas las batallas valen la pena y que decir que no —a veces— es una forma de cuidado.
Durante gran parte de la vida estuvimos disponibles para otros. Para el trabajo, la familia, los hijos, las urgencias ajenas. La empatía, la compasión, la generosidad y la gratitud pueden seguir siendo motores potentes, pero ya no al precio de desaparecer. Elegir cómo querés vivir esta etapa implica permitir que esos valores convivan con algo igual de importante: reconocerte como protagonista de tu propia historia, no solo como sostén de la de otros.
Afinemos la brújula. Es el momento de prestar más atención a qué hacemos con nuestro tiempo, a pensar qué vínculos y actividades te dejan con más aire y cuáles te drenan. Elegir cómo vivir no es cambiar todo de golpe, sino empezar a habitar tus días con más conciencia: sabiendo que cada gesto construye un relato y que ese relato, con los años, se vuelve identidad.
2. Cuidá tus amistades: la red te sostiene
Estar sola o solo puede ser una elección valiosa. La soledad no deseada es otra cosa: nadie registra tu ausencia, el mundo sigue sin vos y a nadie le hace ruido. En la vejez, esa invisibilidad no siempre llega de golpe; suele instalarse de manera silenciosa, a medida que los vínculos se debilitan o se postergan.
Las amistades y los grupos no son un complemento emocional, son estructura. No hace falta la pareja ni la amiga o el amigo de toda la vida. Solo esa persona querida, ese conocido, esa vecina, que sostienen la conversación, el humor, la ayuda práctica, la mirada que nos devuelve quienes somos. En una vida larga, la red no es un lujo: es una forma de salud.
La red se sostiene con presencia, con contacto regular, con espacios compartidos que no dependan solo del ánimo del día. Vivir esta etapa con otros no significa estar acompañados todo el tiempo, sino saber que hay alguien que está. Y es también una manera de seguir estando en el mundo, de no quedar reducidos al espacio privado de la casa.
Las amistades y los vínculos Las amistades y los vínculos no son un complemento emocional: son la estructura que sostiene, la mirada que nos devuelve quienes somos. En una vida larga, la red no es un lujo: es una forma de salud
3. Diseñá una vida en comunidad
El lugar donde vivimos no es neutro. La casa, el barrio, el entorno pueden acompañar la vida o ir achicándola de a poco. Escaleras imposibles, distancias largas, calles vacías, rutinas cada vez más encerradas puertas adentro, terminan reduciendo el mundo, incluso cuando todavía hay ganas de estar afuera.
Diseñar una vida en comunidad no es resignar intimidad ni independencia. Es entender que el entorno también cuida. Vivir donde haya cruce humano, cercanía, posibilidad de encuentro. Una calle que se camina, un vecino que saluda, un espacio compartido, un barrio vivo. La comunidad no resuelve todos los problemas, pero amortigua los golpes y previene el aislamiento.
No es solo la casa: es también el entorno. El proyecto de vida se construye más allá de nuestras cuatro paredes. ¿Qué tan fácil es salir, encontrarse, pedir ayuda, volver? Diseñar comunidad no siempre implica mudarse, pero sí elegir conscientemente dónde y cómo habitar: acercarse a otros, abrir rutinas, formar parte de algo que no termina en la propia puerta.
4. Tomá decisiones económicas a tiempo
Hablar de dinero suele generar incomodidad, pero en la vejez el silencio tiene consecuencias. La falta de decisiones económicas claras no solo afecta el bolsillo: condiciona dónde vivimos, cómo nos cuidamos y cuánta libertad real tenemos. No se trata de tener mucho, sino de no quedar a merced de decisiones ajenas cuando el margen de maniobra se reduce.
Ordenar y planificar no es sinónimo de acumular ni de volverse experto en finanzas. Es asumir que el dinero también forma parte del proyecto de vida. Pensarlo a tiempo permite sostener la dignidad, evitar dependencias innecesarias y tomar decisiones con menos miedo. La autonomía económica no garantiza felicidad, pero la falta de ella suele traer angustia.
Es prioridad saber con qué se cuenta, qué gastos son estructurales, qué márgenes existen y cuáles no. Quiénes podrían sostenernos si necesitamos. Ordenar papeles, derechos, deudas, ingresos —modestos o no, da igual— cambia la relación con el futuro. Planificar no es preverlo todo, sino reducir la incertidumbre para que la vida no quede suspendida en el “después vemos”.
Entrenar en esta etapa no tiene que ver con el aspecto. Tiene que ver con la libertad cotidiana: poder levantarse sin ayuda, caminar sin miedo, cargar bolsas, viajar, bailar, sostener la propia vida sin depender de otros
5. Entrená para moverte libre
Durante años se nos enseñó a mirar el cuerpo como algo que hay que corregir, disimular o mejorar. En la vejez, ese mandato pierde sentido. El problema no son las arrugas ni el paso del tiempo visible, sino perder movilidad, equilibrio y autonomía. Un cuerpo que no responde reduce el mundo; uno que responde lo expande.
Entrenar en esta etapa no tiene que ver con el aspecto. Tiene que ver con la libertad cotidiana: poder levantarse sin ayuda, caminar sin miedo, cargar bolsas, viajar, bailar, sostener la propia vida sin depender de otros. El cuerpo no está para agradar, está para acompañar.
Entrenar fuerza, equilibrio y flexibilidad permite que el cuerpo siga siendo aliado. No se trata de intensidad ni de rendimiento, sino de continuidad. Un cuerpo cuidado no promete inmortalidad, pero sí más autonomía y más mundo disponible.
6. Hacete cargo de tu bienestar
Se acabó el tiempo de dejarlo relegado al último lugar de la lista. Dormir poco, comer mal, vivir acelerado parecían parte del precio a pagar por cumplir. Ser productivos, ser eficientes, era más importante que sentirnos bien.
Hacerse cargo del bienestar no es un lujo ni una moda. Es entender que vivir más años exige otra relación con el tiempo, el descanso y el cuidado cotidiano. Dormir bien, alimentarse mejor, bailar, caminar. Reírnos. Reconciliarnos con la lentitud. Ya no hay urgencias, hay momentos que merecen ser disfrutados.
Hoy podemos desacelerar. Respirar conscientes, escuchar al cuerpo cuando pide pausa, respetar el sueño —es un pilar, no un premio—, comer para nutrirse y no solo para llenar. Vivir más lento no es resignarse: es elegir un ritmo que permita disfrutar lo que todavía está vivo.
Hacerse cargo del bienestar no Hacerse cargo del bienestar no es un lujo ni una moda. Es entender que vivir más años exige otra relación con el tiempo, el descanso y el cuidado cotidiano
7. Tomá decisiones sobre tu cuidado
La fragilidad no es una excepción en la vida larga: es parte del recorrido. A veces aparece como una enfermedad, otras como cansancio, una caída, una racha difícil. Negarla no la evita; solo hace que, cuando llegue, todo se vuelva improvisación, urgencia y culpa. Y eso suele recaer, casi siempre, sobre los mismos cuerpos. No queremos a nadie en nuestra casa, hasta el día que sea inevitable. Creemos que nunca vamos a tener que pedir ayuda, y de pronto sucede.
Organizar el cuidado es pensar con lucidez. Es asumir que cuidar y ser cuidado forma parte de la vida, y que decidir a tiempo preserva la dignidad propia y alivia a quienes nos quieren. El cuidado pensado no quita libertad; al contrario, la protege.
Hablemos del cuidado a tiempo, para diseñarlo. Poniendo en palabras preferencias, límites, acuerdos posibles. Aceptando que pedir ayuda no es fracaso, sino una forma adulta de sostener la autonomía. Organizar el cuidado es seguir estando en la escena, incluso cuando el cuerpo pide más apoyo.
8. Alivianá el equipaje
Vivir muchos años implica acumular: objetos, historias, mandatos, culpas, versiones de uno mismo que ya no encajan. Llega un momento en que todo eso pesa más de lo que abriga. No solo ocupa espacio físico, también ocupa energía mental y emocional.
Alivianar no es deshacerse del pasado, es ordenarlo. Elegir qué vale la pena conservar y qué puede circular o terminar. Soltar no empobrece la vida: la vuelve más liviana. Y la liviandad, en la vejez, es una forma concreta de bienestar.
Es la época de pensar con qué nos quedamos. Qué sirve, qué acompaña. Tomar decisiones que también alivien a los que alguna vez tendrán que hacerse cargo de lo que dejamos. Miremos lo acumulado —material y simbólico— y preguntémonos qué sigue teniendo sentido. Alivianar el equipaje es empezar a soltar aquello que ya no acompaña la vida que hoy querés vivir.
9. Sostené la curiosidad Sostener la curiosidad, las ganas de aprender algo nuevo, de interesarse, de probar, en esta etapa, es reactivar el deseo de seguir estando en el mundo
Este poderoso motor de una vida larga no necesita grandes pasiones ni proyectos épicos: necesita preguntas. Ganas de aprender algo nuevo, de interesarse, de probar, de mirar el mundo con atención renovada.
Cuando la curiosidad se apaga, la vida se vuelve repetición. Los días empiezan a parecerse demasiado entre sí y el futuro se achica. En cambio, cuando se sostiene la curiosidad, aparece algo profundamente vital: el deseo de seguir estando en el mundo.
Mantengamos abiertas las preguntas. La curiosidad es un susurro permanente que nos da permiso para aprender, para empezar de nuevo. No exige talento ni resultados, sólo disponibilidad. Y esa disponibilidad, incluso en pequeñas dosis, mantiene viva la relación con la vida.
10. Poné la salud mental en el centro
Durante mucho tiempo se naturalizó que envejecer era volverse triste, apagado, irritable o solo. Como si el cansancio emocional, la angustia o la falta de ganas fueran “cosas de la edad”. No lo son. Son señales. Y cuando se confunden con el paso del tiempo, se dejan de escuchar.
La vida larga trae pérdidas, cambios, duelos visibles e invisibles. Personas que ya no están, roles que se terminan, cuerpos que responden distinto. Cuidar la salud mental no es dramatizar ni victimizarse: es reconocer que la cabeza también envejece, se cansa, se sobrecarga. Y que atenderla es una forma concreta de seguir viviendo mejor.
Es el momento de legitimar lo que nos pasa. Hablando de lo que duele sin vergüenza, pidiendo ayuda cuando hace falta, buscando espacios de escucha reales. No todo se resuelve con voluntad ni con buena actitud. Una mente cuidada no elimina los problemas, pero permite atravesarlos con más claridad, menos soledad y menos miedo.
La vida larga trae pérdidas, cambios, duelos visibles e invisibles, personas que ya no están, roles que se terminan. Hablar de lo que duele sin vergüenza, buscando espacios de escucha reales, es cuidar la salud mental y obtener herramientas para atravesar los conflictos y las ausencias 11. Elegí cómo querés morir
Hablar de la muerte incomoda porque nos enfrenta a un límite que preferimos esquivar. Pero en una vida larga, no nombrarla no la hace desaparecer de la escena: solo la vuelve más caótica cuando llega. Elegir cómo querés morir no es una provocación ni una obsesión oscura. Es una forma de cuidar la vida mientras está ocurriendo.
Durante años tomamos decisiones importantes por otros y para otros. ¿Por qué dejar esta en manos ajenas, que deberán tomarlas a las apuradas, en contextos de miedo y dolor? Pensar el cierre con tiempo es una forma de soberanía: permite que el final no borre todo lo anterior y que la despedida no sea un desorden emocional para quienes quedan.
Pensemos la propia muerte como parte de la vida. Rompamos el tabú y pongamos en palabras lo que antes se evitaba. Dejemos por escrito qué sí y qué no, qué importa y qué no importa tanto. Decisiones grandes o pequeñas. No es un testamento: es una lista de deseos. Quién se quedará con tu libro preferido. Cómo queremos ser despedidos. Dónde están los documentos que facilitarán las cosas a los que te rodean. Qué decisiones médicas pueden tomar sobre tu cuerpo. Elegir cómo querés morir, lejos de adelantar el final, le quita peso.
Solo te queda disfrutar lo que viene.