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| * Carlos Marino (Periodista argentino)Es un periodista, fundador y director del medio político '''Letra P y del portal 0221.com.ar de La Plata'''.Se desempeña como miembro de ADEPA y la Asociación de Periodismo Digital. Puedes seguirlo en su cuenta de X (Twitter). |
- Laura Fainstein
https://www.letrap.com.ar/opinion/educacion-cualquiera-puede-ensenar-n5424598
Carlos Marino (Periodista argentino)Es un periodista, fundador y director del medio político Letra P y del portal 0221.com.ar de La Plata.Se desempeña como miembro de ADEPA y la Asociación de Periodismo Digital. Puedes seguirlo en su cuenta de X (Twitter).
Una manifestación con consignas antisemitas se registró el viernes 11 de septiembre de 2026 en la avenida Presidente Masaryk, en la colonia Polanco de la Ciudad de México.Qué pasóUn grupo de aproximadamente 60 personas portando banderas palestinas realizó una marcha que pasó frente a una sinagoga de la comunidad Maguen David.Durante el recorrido, parte del contingente lanzó consignas como “fuera judíos” y “fuera judíos de México”, además de promover llamados al boicot de comercios con propietarios judíos.El hecho ocurrió en la víspera de Rosh Hashaná, el año nuevo judío.Reacciones e indignaciónEl Comité Central de la Comunidad Judía en México y diversas organizaciones sociales condenaron enérgicamente los actos por constituir una clara expresión de odio y antisemitismo bajo una fachada política.La Conferencia del Episcopado Mexicano y varios colectivos propalestinos se deslindaron de los gritos antijudíos, señalando que la crítica política no justifica el acoso ni la xenofobia contra la comunidad judía mexicana.Figuras públicas y alcaldes de la zona exigieron a las autoridades de la Ciudad de México investigar el origen, financiamiento y la autoría intelectual de la movilización.
- 🇲🇽 Marchas ANTISEMITAS en México: gritos de “fuera judíos” en Polanco | DNews
- 15 sept 2026 #México #noticias #Polanco
#Marcha #México #Polanco
[00:00] 🚩 Manifestación con consignas antisemitas dirigidas contra judíos mexicanos, no contra Israel. [02:41] 🕍 Marcha se dirige a sinagoga de comunidad siria-mexicana, desconociendo el contexto real. [04:46] 📢 Sociedad mexicana reacciona unida contra el antisemitismo expresando solidaridad. [05:40] ⚠️ Crece discurso antisemita organizado en redes sociales mexicanas. [06:32] 💥 Recuerdan protesta violenta y ataque con bombas Molotov contra la embajada de Israel. [08:42] ✍️ Aparece pintada con insultos antisemitas y sexistas contra la presidenta Claudia Sheinbaum. [11:20] ❓ Pregunta sobre la aplicación efectiva de leyes antidiscriminatorias y el esclarecimiento de los hechos.
Ariel Gelblung, director del Centro Simón Wiesenthal para América Latina, dialogó con DNews sobre la preocupación y el impacto que generó la sorpresiva manifestación registrada en la Avenida Masaryk, en el barrio de Polanco de la Ciudad de México.
El representante del organismo analizó los hechos ocurridos en vísperas de la festividad de Rosh Hashaná, cuando un grupo de personas descendió de camiones portando pancartas que exigían la desinversión de firmas pertenecientes a la comunidad y entonando consignas para expulsar a ciudadanos judíos del país mientras marchaban hacia la sinagoga de Maguén David.
Gelblung destacó la inmediata reacción de solidaridad por parte de la sociedad mexicana y de los medios de comunicación en respaldo a sus conciudadanos, al tiempo que subrayó que tanto a nivel federal como en la capital existen leyes antidiscriminatorias modernas que deben ser aplicadas para investigar la instigación de estos actos.
Asimismo, repasó antecedentes de expresiones de odio surgidas en redes sociales y pintadas ofensivas dirigidas hacia la presidenta Claudia Sheinbaum por sus orígenes.
Mirá la entrevista completa en este video de DNews para conocer el análisis detallado y el balance del contexto regional.
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El odio latente y su expresión Reflexiones ante la marcha antisemita de Polanco “Algo inquietante está desarrollándose en nuestro mundo. Es doloroso y angustiante como todas las rupturas epocales. Una época está terminando y una nueva irrumpe con una vertiginosa velocidad en medio de la incertidumbre, la injusticia social, la melancolía y la depresión, y nuevos marcos de referencia. Pareciera ser que el antijudaísmo en sus diversas versiones constituye uno de los nuevos paradigmas epistémicos requeridos para dar cuenta del derrumbe, el malestar y la frustración de nuestro tiempo. ¿Expresión distorsionada de una subjetividad herida y tambaleante, de arraigados prejuicios culturales, o de una nueva forma posthumanista de asumirse en un mundo digital y anónimo? El judío imaginario constituye una nueva figura espectral que puebla nuestras pesadillas y deseos” Carlos Guido Orlanguidi
La marcha realizada el 11 de septiembre en Polanco debe ser examinada más allá de su dimensión numérica. Quizá no haya sido una movilización masiva. Existen, además, indicios de que fue organizada artificialmente y de que participaron personas acarreadas, aunque esto deberá investigarse y documentarse antes de afirmarlo categóricamente. Pero el verdadero significado de una manifestación de odio no se mide solamente por el número de quienes marchan. Se mide también por las palabras que se vuelven pronunciables, por las fantasías colectivas que se liberan y, sobre todo, por los silencios que la rodean. Durante la protesta se escuchó la consigna “Judíos fuera de México”. La movilización no se limitó, por tanto, a criticar al gobierno de Israel, sus políticas o la guerra en Gaza. Se dirigió explícitamente contra los judíos mexicanos y, además, se realizó frente a una sinagoga, durante Rosh Hashaná. La Tribuna Israelita y el Comité Central de la Comunidad Judía de México condenaron públicamente estas expresiones, mientras algunas autoridades locales manifestaron su rechazo. También organizaciones vinculadas con la solidaridad con Palestina se deslindaron de la marcha y repudiaron el antisemitismo. Estos deslindes son importantes, pero resultan insuficientes frente a la gravedad de lo ocurrido. (Aish México, El Chamuco) Lo más inquietante no fue únicamente el grito de un pequeño grupo. Fue la debilidad de la respuesta de amplios sectores de la sociedad civil, del mundo intelectual, de las universidades, de los organismos defensores de los derechos humanos y de buena parte de la dirigencia política. Cuando otras minorías son intimidadas —con razón— se exige una condena inmediata. Cuando se grita “fuera los judíos”, en cambio, comienzan las explicaciones, los matices y las contextualizaciones. Se busca establecer qué hicieron los judíos para provocar el odio que se dirige contra ellos. Este doble rasero constituye ya una parte del problema. Es legítimo y necesario criticar al gobierno de Israel. Es legítimo denunciar el sufrimiento palestino y defender sus derechos nacionales. Pero cuando una protesta frente a una sinagoga reemplaza la palabra “israelíes” por “judíos”; cuando se identifica a comerciantes mexicanos de origen judío como objetivos de boicot; cuando se exige la expulsión de los judíos del país, ya no estamos ante una crítica política. Estamos ante la reaparición del antisemitismo en una de sus formas más antiguas: la conversión del judío concreto en representante de una conspiración imaginaria y en culpable colectivo de acontecimientos sobre los que carece de responsabilidad y control. La consigna “Judíos fuera de México” pertenece al vocabulario del antisemitismo eliminacionista. No significa “cambien las políticas de Israel”. Significa que la presencia judía es considerada ilegítima. Su horizonte simbólico no es el debate, sino la exclusión. Entre “fuera los judíos”, “no compren a los judíos” y “muerte a los judíos” existen diferencias de grado, pero también una continuidad semántica que la historia del siglo XX nos obliga a reconocer. Daniel Goldhagen utilizó la expresión “antisemitismo eliminacionista” para describir una tradición que no se conformaba con discriminar o convertir al judío, sino que aspiraba a removerlo definitivamente del cuerpo social. Su tesis histórica ha sido ampliamente discutida, pero la categoría continúa siendo útil: el lenguaje prepara el espacio de lo imaginable. Antes de expulsar o matar, una sociedad aprende a hablar de la desaparición de un grupo como una posibilidad aceptable. Saul Friedländer habló, a su vez, del “antisemitismo redentor”: la creencia de que eliminar a los judíos permitiría purificar o salvar a la sociedad. El judío deja de ser una persona concreta y se convierte en la explicación absoluta del mal. Por eso el antisemitismo puede adaptarse a ideologías opuestas. Para la extrema derecha, el judío es cosmopolita, liberal y revolucionario; para cierta izquierda, es colonialista, capitalista y racialmente privilegiado. Los atributos cambian; la estructura permanece. El judío es siempre el culpable necesario. Las reacciones en las redes sociales revelaron algo todavía más profundo. No fueron solamente exabruptos individuales. Aparecieron viejos repertorios del odio: llamados a la expulsión, acusaciones de conspiración, negación de la pertenencia nacional de los judíos y argumentos seudohistóricos según los cuales “los judíos no son semitas” o serían “usurpadores” de una identidad que no les corresponde. Esta última afirmación no es sólo históricamente falsa; demuestra una profunda ignorancia. “Semita” es originalmente una categoría lingüística acuñada para agrupar ciertas lenguas —entre ellas el hebreo, el árabe y el arameo—, no una clasificación racial científicamente válida. El término “antisemitismo”, inventado en la Europa del siglo XIX, nunca significó hostilidad contra todos los hablantes de lenguas semíticas. Fue creado específicamente como una denominación aparentemente científica del odio hacia los judíos. Afirmar que un árabe “no puede ser antisemita porque es semita” equivale a confundir la etimología de una palabra con su historia política. Las faltas de ortografía observables en muchos mensajes podrían parecer anecdóticas. No lo son. No porque escribir incorrectamente convierta a alguien en antisemita, sino porque muestran la combinación explosiva entre ignorancia, resentimiento y acceso inmediato a grandes plataformas de difusión. Personas que desconocen la historia del judaísmo, del sionismo, de México y del conflicto de Medio Oriente se sienten autorizadas a dictaminar quién pertenece a la nación y quién debe ser expulsado de ella. Pero no debemos atribuirlo todo a la ignorancia espontánea. Durante años, algunos comunicadores, activistas y figuras públicas han propagado representaciones del judío como poder oculto, agente extranjero, explotador económico o manipulador de los medios. Se comienza hablando de “los sionistas”, se pasa insensiblemente a “los judíos jázaros” y se termina señalando sinagogas, escuelas, comercios y personas. Las palabras no permanecen suspendidas en el aire: construyen atmósferas morales y, llegado el momento, autorizan conductas. Adorno y Horkheimer observaron que el antisemitismo funciona mediante una “falsa proyección”: el sujeto atribuye al judío sus propios temores, deseos y frustraciones. Sartre escribió que el antisemita no llega al odio como resultado de una experiencia razonada; el antisemitismo es, ante todo, una pasión que organiza el mundo y le ofrece una explicación sencilla. El antisemita elige el odio porque el odio le proporciona una certeza. René Girard nos ayuda a comprender otra dimensión del fenómeno. En sociedades atravesadas por crisis, frustraciones y conflictos, el mecanismo del chivo expiatorio concentra sobre una minoría las contradicciones que el conjunto social no puede resolver. El sacrificio simbólico del otro produce una ilusión momentánea de unidad. No resuelve la crisis, pero ofrece un culpable. México es una sociedad con desigualdades enormes, violencia cotidiana, instituciones frágiles, corrupción, carencias educativas y una profunda sensación de abandono. Precisamente por eso debemos permanecer alertas. En un mundo extraordinariamente complejo, el antisemitismo vuelve a ofrecer una respuesta ideológica elemental: si la realidad resulta incomprensible, debe existir alguien que la controle en secreto. Si hay pobreza, guerra, manipulación o injusticia, se busca una figura sobre la cual descargar la ansiedad colectiva. El judío vuelve entonces a ocupar el lugar histórico del chivo expiatorio. Esta constatación nos obliga a reconsiderar nuestra visión del antisemitismo en México. Durante décadas sostuvimos que se trataba de un prejuicio marginal, importado o superficial, sin raíces profundas en nuestra sociedad. La marcha y, especialmente, las reacciones que desencadenó en las redes sociales sugieren algo diferente: existe un reservorio de imágenes, resentimientos y prejuicios que permanece latente y que puede ser activado rápidamente por una crisis internacional y legitimado por discursos políticos y mediáticos. Ante esto, una reacción frecuente ha sido publicar un Maguén David con los colores de la bandera mexicana y declarar: “Soy judío y mexicano”. Comprendo el impulso emocional que provoca ese símbolo. Pero políticamente me parece una respuesta poco inteligente. Los judíos mexicanos no tenemos que demostrar nuestra mexicanidad ni presentar certificados de lealtad. No debemos responder a quien exige nuestra expulsión tratando de convencerlo de que también pertenecemos. Somos ciudadanos mexicanos. Punto. Nuestra pertenencia no depende de abandonar nuestra identidad judía, de pintar nuestros símbolos con los colores nacionales ni de distanciarnos ritualmente de Israel. La carga de la prueba no corresponde al agredido. Corresponde a la sociedad y al Estado demostrar que ningún ciudadano será convertido en extranjero por su religión, su origen o su identidad colectiva. La respuesta tampoco puede quedar exclusivamente en manos de la comunidad judía. Cuando los judíos deben defenderse solos frente al antisemitismo, el problema ya ha dejado de ser únicamente judío. La defensa de la comunidad judía es una prueba de la calidad democrática de México. Lo que está en juego es si aceptaremos que un grupo de ciudadanos sea señalado colectivamente, intimidado frente a sus espacios religiosos y colocado fuera de la comunidad nacional. No debemos exagerar ni dejarnos dominar por el miedo. Pero tampoco minimizar. Entre la paranoia y la negación existe el espacio de la lucidez. La marcha de Polanco puede haber sido pequeña, manipulada y artificial. Sin embargo, abrió una ventana hacia un subsuelo ideológico que preferíamos no mirar. Lo grave no es solamente que algunos hayan gritado “fuera los judíos”. Lo verdaderamente grave es que demasiados hayan considerado que no era necesario responder. El odio latente se vuelve peligroso cuando encuentra palabras que lo expresan, dirigentes que lo legitiman, redes que lo multiplican y una sociedad que guarda silencio.
