Christián C. Carman CCC






Hay una frase hermosamente tramposa de San Agustín que dice: “Ama y haz lo que quieras”. Parece autorizarte a hacer cualquier cosa. Y, sí, no hay ninguna limitación en el hacer. Podés hacer lo que quieras. Pero la limitación viene por el querer. Porque, si amás, lo único que vas a querer es el bien del otro. Amar es desear el bien del otro, por lo que, si amás y hacés lo que deseas, siempre vas a buscar el bien de los demás. Un genio, Agustín.

Tomás de Aquino, que admiraba profundamente a Agustín, retoma la misma idea: el amor es, simplemente, desear el bien de la otra persona. Implica cierta unión afectiva, sin la cual difícilmente llamaríamos a ese deseo “amor”, pero es esencialmente el deseo del bien, no la unión afectiva. Tomás usa una palabra para expresar el deseo de bien: “benevolencia”. Etimológicamente es impecable: bene (bien) volencia (querer). Ser benevolente es querer el bien del otro.

Puede darse la unión afectiva sin benevolencia. Es el tipo de relación que tenemos con muchas cosas. Puedo sentir cierto afecto por esta remera que me gusta, o por mi celular. Pero sólo en un sentido muy metafórico diría que le deseo el bien a mi remera o a mi celular. Más que desearle el bien, deseo que me haga bien a mí. La diferencia puede parecer sutil, pero es fundamental: una cosa es desear el bien para alguien y otra que ese alguien sea un bien para mí. De hecho, el afecto que siento lo siento porque me es útil, porque me sirve a mí. Puedo cuidarlos, tratarlos con afecto, y tener otras actitudes que serían indistinguibles de las que tenemos cuando amamos a alguien, pero la razón es muy distinta: lo hago para que pueda seguir siéndome útil. Aristóteles dice que, cuando cuidamos el vino (guardarlo en un lugar fresco, bien tapado, etc.), no es pensando en el bien del vino, sino el bien que el vino nos va a hacer. Por eso, dice, aunque lo cuidemos no es adecuado llamarnos “amigos del vino”.

Ahora, cuando esa misma relación de afecto sin benevolencia se traslada a las personas, se convierte en un pseudo–amor, algo que tiene apariencia de amor, pero que no lo es. Siento cierta unión afectiva que puede llegar a confundirme, pero no deseo su bien. Busco sólo que me haga bien a mí, como el celular. Tomás diría, no es amor. Es una relación tóxica. Muy tóxica porque no hay verdadera reciprocidad. Y quien genuinamente ama a quien no lo ama genuinamente está en una situación de fragilidad muy peligrosa.

Ahora, ¿cómo darme cuenta de si realmente deseo el bien o lo estoy confundiendo con la unión afectiva? La receta de Tomás es infalible: la benevolencia implica la beneficencia. “Beneficencia” suena feo hoy, suena a revolver el fondo del ropero y donar a alguna ONG la ropa que ya no uso. Pero para Tomás, de nuevo fiel a las etimologías, significa simplemente “hacer el bien”. Benevolencia es desearlo, beneficencia es hacerlo. La forma de saber que deseo el bien de otro, es buscar efectivamente el bien del otro, es trabajar proactivamente para lograrlo. Como dice Tomás: “la voluntad es realizadora de lo que quiere”.

Ahora sí, “Ama y haz lo que quieras”.

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Christián Carman


QUE TE GUSTE LO QUE TE HACE BIEN

Un Aristóteles ya maduro estaba hablando en el Ágora, dando lo que hoy llamaríamos una charla de divulgación sobre los beneficios de la filosofía. Al final, hubo una ronda de preguntas. Un jovencito de la nobleza, no muy convencido de los beneficios que ofrecía la vida del filósofo, se animó a preguntarle: “Pero al final, después de tantos años consagrados a la sabiduría, ¿qué ganancia te dejó la filosofía?” Aristóteles podría haber contestado que amasó una considerable fortuna, sobre todo a partir de lo generosos honorarios que cobró por formar a Alejandro Magno, o que le dejó el orgullo de haber sido el tutor del Gran Alejandro, o la indiscutible fama y reconocimiento, o los innumerables conocimientos que obtuvo en biología, meteorología o física. O haber llevado a cumbres jamás alcanzadas a la nobilísima metafísica, o ser el creador de la mismísima lógica. Pero no. Hizo un silencio, reflexionó unos instantes, y dijo: “Lo más valioso que me dejó la filosofía es que ahora hago espontáneamente lo que otros hacen por miedo a las leyes”.

Ésa es la clave para Aristóteles: que la filosofía te ayude a ir acomodando tus gustos, deseos y tendencias hacia el bien, de tal manera que te salga hacer el bien espontáneamente, desde tu interior, y no por una coerción externa. No hay forma de adelgazar y mantener un buen peso reprimiéndote todo el tiempo. Obligándote a no comer porque te lo impusiste. No queda otra que cambiar los hábitos alimenticios. O sea, lograr, con el tiempo, que tus gustos y lo que te hace bien confluyan en una misma dirección. Que te guste lo que le hace bien a tu cuerpo. Lo mismo con todas las esferas de la vida: que te guste lo que te hace bien.

La filosofía, como una buena nutricionista, no le dio a Aristóteles una lista con los alimentos prohibidos. Le enseñó, de a poco, con paciencia y pedagogía, a gustar de lo sano.

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Christián Carman


LIDERARNOS A NOSOTROS MISMOS

Cuando se sentía traicionado, Abraham Lincoln solía escribir cartas con reproches intensos, llenas de ira y humillaciones. Pero nunca las enviaba. Las guardaba, las dejaba reposar, y, cuando su enojo se disipaba, las olvidaba. Se encontraron muchas de esas cartas nunca enviadas entre sus papeles.

Platón una vez se quedó un largo rato como congelado con el brazo levantado a punto de dar una cachetada. Cuando le preguntaron qué hacía en esa posición tan ridícula, explicó que, en un ataque de ira, estuvo a punto de golpear a un sirviente, pero se frenó a tiempo y se quedó en esa posición para castigarse a sí mismo.

Juana de Arco, con solo 19 años, mantuvo su dignidad y fortaleza mientras era quemada en la hoguera, y Tomás Moro subió la escalinata hacia el patíbulo sonriendo y haciendo bromas.

Nelson Mandela, tras 27 años de encarcelamiento injusto, salió sin un rastro de rencor, afirmando que solo al vencer al odio podría ser verdaderamente libre.

El diario de Ana Frank revela su asombrosa fortaleza de carácter, permitiéndole mantener la esperanza y la alegría durante años de encierro. Tenía menos de 15 años.

Grandes figuras como Cleopatra, Zenón, Séneca, Alejandro Magno y Sócrates también nos dejaron ejemplos valiosos de autodominio. A lo largo de la historia, los líderes más admirados y respetados han demostrado una habilidad excepcional para gobernarse a sí mismos.

¿Cómo lograron controlar sus emociones y superar desafíos aparentemente insuperables? Entendieron que el verdadero liderazgo comienza con el dominio sobre uno mismo.

En este curso te ofrezco los consejos y estrategias de los sabios de todas las épocas para ayudarte a superar las luchas internas y alinear todas tus energías hacia la consecución de tus objetivos.

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Christián Carman


Me hizo acordar a algo que leí de Plutarco este verano. Él dice que algunos creen que el juego de la pelota se domina cuando se sabe lanzarla, pero primero hay que aprender a recibirla. Y que en la comunicación sucede lo mismo. La oratoria—el arte de hablar, de lanzar las palabras—es solo la mitad del asunto. Y la segunda mitad. La más importante es aprender a recibir las palabras, a escuchar. Para que la comunicación sea completa, deberían darse ambas, pero si hubiera que elegir una, se sacaría mucho más provecho de aprender a escuchar que de aprender a hablar. Al arte de la oratoria debería precederle el arte de la “escuchatoria”.

En un tratado muy breve, titulado precisamente Sobre cómo se debe escuchar, Plutarco sienta las bases de esta disciplina tan ignorada. Comparto algunos de sus consejos:

1. Escuchar sin envidia. La envidia es el peor enemigo de quien escucha, porque convierte en molesto y desagradable lo que podría ser provechoso.

2. No despreciar al orador, pero tampoco ser demasiado entusiasta. Los soberbios sacan poco provecho de los oradores, pero los entusiastas pueden salir más perjudicados. A veces, por buena voluntad y confianza en el que habla, admitimos sin darnos cuenta muchas opiniones falsas o dañinas.

3. Olvidarse de la fama y prestigio del orador, y examinar los discursos por sí mismos.

4. El que habla debe preocuparse por la belleza del discurso. El que escucha, no.

5. Escuchar también exige esfuerzo. Muchos creen que quien prepara un discurso debe esforzarse para hacerlo agradable y útil, mientras que el oyente solo debe sentarse a disfrutar. Pero para que una conversación salga bien, tanto el que habla como el que escucha tienen su parte de responsabilidad.

6. No lanzarse a hablar inmediatamente después de que alguien termina. Incluso si el discurso no fue muy agradable, hay que dejar pasar un momento. Quizás el otro quiera agregar o corregir algo.

7. No creas que una buena objeción te vuelve superior. Una vez, un lacedemonio escuchó a Filipo II, padre de Alejandro Magno, jactarse de haber destruido por completo la ciudad de Olinto. El lacedemonio respondió: “Pero él no hubiera sido capaz de levantar una ciudad semejante”. Es más fácil destruir que construir.

8. Aplicar el discurso a la propia vida. Escuchar una charla es como ir a la peluquería, no sirve de nada si no salís cambiado.

Como Messi con la pelota, hay que aprender a “dormir” las palabras en el pecho antes de responder.

Christián Carman


Christián Carman

Pronto comienza nuestro curso sobre Epicteto. Si quieres ver más información y sumarte, puedes hacerlo aquí: https://institutobaikal.com/epicteto/.


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Christián Carman


Christián Carman

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HABLAR EN PÚBLICO

Introducción a la oratoria – clase presencial Buenos Aires Christián Carman introducción a la oratoria bs as - banners Modalidad Cuándo: Miércoles 21 de mayo Dónde: Villa Crespo, Buenos Aires Horario: 18:30 h

Cuando a Warren Buffett, el inversor más importante de la historia, le preguntan cuáles fueron los hitos fundamentales de su formación, siempre responde que uno de los principales fue aprender a hablar en público. Aristóteles decía que es imposible que alguien pueda liderar sin ser un buen orador. Si Buffett y Aristóteles están de acuerdo, debe ser verdad.

Hablar bien te permite comunicar tus ideas con claridad y fuerza, conmover y mover a los demás a la acción. Es una herramienta central de liderazgo en todas las disciplinas, una clave del desarrollo profesional en cualquier carrera y un pilar del crecimiento personal. Y a medida que la tecnología avanza, las habilidades interpersonales se vuelven aún más valiosas.

En esta clase te voy a dar herramientas concretas para lograrlo: cómo arrancar una charla, cómo cerrarla, cómo superar los miedos y la ansiedad, de dónde sacar ideas, cómo seleccionarlas, cómo pararte frente al público, qué hacer si te olvidás o tenés que improvisar, y qué hábitos pueden ayudarte a mejorar constantemente.

Porque no se trata sólo de hablar, se trata de dejar una huella indeleble en quienes te escuchan.

Christián Carman


EL PRECIO DE NUESTRA CALMA Perlas de la filosofía - El precio de nuestra calma

Instituto Baikal 29 nov 2024

Estuve a punto de no escribir nada esta semana y pedir que reenvíen algún texto viejo. No aguanto más. Estoy sentado en la sala silenciosa de la biblioteca de la Universidad para escribir esto. Necesito silencio y paz. Pero a unos pocos metros, una persona de unos 60 años está leyendo el periódico. Cada medio minuto se acomoda los anteojos y hace una mueca extraña acompañada de un ruidito insoportable, como si fuera un chasquido. Odio esa rutina. Me quita la paz. No puedo escribir.

Ya resignado y de muy mal humor, me pongo a leer un texto del Manual de Epicteto, el gran filósofo estoico, para preparar una clase para mañana. Epicteto me reta. Su mensaje es tan claro que casi escucho su voz en mi mente. Dice que muchas veces sentimos que empezamos a perder la paz y nos irritamos por una pavada. Porque se derrama un poco de aceite de oliva o porque te roban medio vaso de vino, pone como ejemplos. En esas ocasiones, sigue, tenemos que decirnos a nosotros mismos: “¿Por tan poco te vas a perturbar? ¿A ese precio se vende tu tranquilidad?”.

¿Tan pero tan barato vendemos nuestra paz? ¿En serio mi tranquilidad vale el ruido de un chasquido casi imperceptible, una manchita en la camisa, un semáforo en rojo un poco largo o un celular sin batería? Para Epicteto, la calma interior es un tesoro que no deberíamos ceder ante pequeñas incomodidades. Pero, claro, hay que reconocerlo también: la vida cotidiana nos ofrece infinidad de oportunidades para intercambiar nuestra serenidad por migajas. A veces llegamos a varios kilos juntando todas las migajas.

Séneca, contemporáneo de Epicteto, también pone ejemplos siempre actuales: una mosca que nos molesta, alguien que tose o estornuda, el agua que no está lo suficientemente fría, una mesa mal puesta o una cama mal tendida. Describe esta irritabilidad como el síntoma de un espíritu enfermo. Dice que, al igual que una llaga duele con el más leve roce (incluso con la presunción de un roce), nosotros nos irritamos ante la más mínima dificultad ¿Por qué dejamos que cosas tan insignificantes nos afecten tanto? En palabras de Séneca: “Nunca los enfermos se dejan rozar sin una queja”.

La próxima vez que algo trivial amenace con alterar tu paz, respondete como propone Epicteto: “¿Por tan poco te vas a perturbar? ¿A ese precio se vende tu tranquilidad?”.

Yo, mientras, sigo luchando contra el insoportable tic de mi compañero de lectura.

Lanzamos la membresía "Perlas de la filosofía 2025". Podés ver más información y sumarte en este enlace: https://institutobaikal.com/perlas-de-la-filosofia-2025/.

Christián Carman


Cinco prácticas simples, cinco batallas diarias. Ganarlas te asegura un imperio, el imperio de vos mismo.

Christián Carman

Ya comienza nuestro curso sobre Popper. Si quieres sumarte, puedes hacerlo en este enlace: https://institutobaikal.com/popper/.


Arcesilao estaba en la cima de su carrera. Había sido elegido líder de la Academia de Platón, una institución con más de cien años de historia. Era nada menos que el sucesor de Platón. Pero la fama no se le subió a la cabeza. Un día fue a visitar a su amigo Apeles de Quíos, pintor célebre y también respetado como filósofo, que había caído en desgracia: estaba enfermo y pobre.

Al entrar en la habitación y ver la miseria en la que vivía, Arcesilao percibió la incomodad que sentía su amigo por la situación e hizo un chiste para aliviar la tensión:

—“Aquí lo único que hay son los cuatro elementos de Empédocles”.

Era un guiño entre filósofos: Empédocles había enseñado que todo en el universo se compone de tierra, agua, aire y fuego. Es decir, en esa habitación no había nada más que lo mínimo para existir.

Arcesilao lo saludó, acomodó con ternura la almohada de su amigo y, sin que lo notara, escondió debajo veinte monedas de cuatro dracmas —una pequeña fortuna—. Después de conversar un rato, se despidió afectuosamente.

Más tarde, cuando la anciana que ayudaba a Apeles encontró el dinero y se lo mostró con admiración, él sonrió y dijo:

—“Esto es cosa de Arcesilao”.

Para los antiguos había un verdadero arte de hacer y recibir favores. Séneca incluso dedicó un tratado entero al tema (De beneficiis). Como toda acción humana, un favor puede hacerse bien, mal, muy mal… o de manera excelente. Y una de las reglas más valoradas era justamente no difundirlos.

El ideal era que ni siquiera el beneficiado lo supiera. Así actuó Arcesilao.

Lo contrario hizo Póstumo, un romano que ayudó al poeta Marcial y después lo contaba a todo el mundo. Marcial lo retrató en un epigrama que le dedicó a su benefactor indiscreto:

Me acuerdo, Póstumo, y nunca lo olvidaré,

de cuánto has hecho por mí.

¿Me preguntas por qué no lo ando diciendo?

Porque ya lo dices tú.

Cuando quiero contar a alguien un favor tuyo,

enseguida me interrumpe:

“Eso ya me lo contó él mismo”.

Hay cosas que no está bien que la digan dos.

Si quieres que hable yo, cállate tú.

Créeme, Póstumo: los regalos pierden mucho valor

cuando quien los da se encarga de pregonarlos.

El arte de hacer favores enseña que el favor se desvirtúa si se convierte en publicidad.

Christián Carman


LA INGRATITUD DE LOS OLVIDADIZOS

Instituto Baikal <cursos@institutobaikal.com> vie, 28 mar 2025, 19:11

Estábamos en primer grado, regresando del recreo al aula, organizados en cuatro filas perfectamente alineadas según nuestra altura. La maestra, al frente, guiaba la formación. En un momento se da vuelta y nota que tengo los cordones desatados, así que ordena detenernos. Me pide que me los ate. Le explico que aún no sé atarme los cordones. Me responde que no me mueva de allí hasta que logre atármelos y le dice al resto que siga adelante. Recuerdo claramente la sensación de desesperación. La maestra me había puesto frente a un problema sin solución. Simplemente, no sabía atarme los cordones. Con mis seis o siete años, sentí que me quedaría allí, en ese pasillo, para siempre. Como desobedecer no era una opción, pensaba que moriría de hambre o angustia, sobre esa misma baldosa. En ese momento, vi que uno de los últimos en la fila, Ariel Esnaola, se detuvo, dio media vuelta sin que la maestra lo notara, me hizo el gesto de hacer silencio, se arrodilló delante de mí y me ató el cordón. Volví al grupo, aliviado, como si me hubiera salvado la vida. Nunca le agradecí.

Para los estoicos, la gratitud es uno de los pilares de la felicidad. El agradecido es más feliz, porque reconocer los beneficios recibidos nos hace más conscientes del bien que hay en nuestra vida. Tan importante es para el estoicismo este tema que Séneca dedica un tratado entero, De Beneficiis, a la gratitud.

Según él, el agradecimiento se da en tres pasos: primero, se reconoce lo recibido como algo bueno; luego, se lo agradece; y, por último, se busca beneficiar al benefactor. Séneca denuncia dos enemigos de la gratitud.

El primero es estar siempre deseando cosas nuevas. Cuando nuestro deseo solo apunta a lo que nos falta, y no a lo que ya tenemos, necesariamente seremos ingratos porque atentamos contra el primer paso. Al despreciar lo que tenemos, ya no somos agradecidos con quien nos lo ha dado. Actuamos como un niño recibiendo los regalos de cumpleaños: el agradecimiento por un regalo le dura lo que tarda en abrir el próximo paquete. Reafirmar el valor que tiene cada cosa, nos hará más agradecidos.

El segundo enemigo es el olvido. Claro, nadie se siente agradecido frente a algo que ya no recuerda. Algunos creen que olvidar un beneficio no es ingratitud, sino simple falta de memoria. Séneca no piensa así: “Ingrato es el que aparenta no enterarse del beneficio recibido; ingrato el que no lo recompensa; ingratísimo, el que se olvida de él”. El punto es que nadie olvida lo que tiene constantemente presente. “¡Qué poco pensó en devolver el beneficio quien se olvidó de él!” –se queja Séneca. Yo tengo una fuerte tendencia a repasar una y otra vez lo que he hecho por otros. Me gusta regodearme en mi generosidad. Pero rara vez repaso lo que los otros han hecho por mí. La idea es exactamente la contraria: repasar constantemente los beneficios que hemos recibido, no los que hemos hecho. Séneca enuncia solemnemente la ley del beneficio: el bienhechor debe olvidarse del beneficio lo antes posible; el beneficiado debe recordarlo.

Por eso, esta semana, Séneca me propone dos ejercicios:

1. Reafirmar el valor de lo que tengo, en vez de pensar en lo que me falta.

2. Cada noche, recordar algo que alguien haya hecho por mí. Y al día siguiente, agradecérselo.

Anoche me acordé del favor que me hizo Ariel. Le perdí el rastro hace décadas. Estoy buscando alguna forma de ubicarlo para agradecerle. Si alguien lo conoce, me avisa.

Ya podés sumarte al curso "Enseñanzas del estoicismo para la vida". Podés hacerlo en este enlace: https://institutobaikal.com/ensenanzas-del-estoicismo-para-la-vida-2025/.

Christián Carman


Pronto comienza “Filosofía del liderazgo: liderar a otros”. Si quieres sumarte, puedes hacerlo en este enlace: https://institutobaikal.com/filosofia-del-liderazgo-liderar-a-otros/ Si quieres saber algo, dáselo al tiempo.

Es el tiempo el que separa el ruido de la señal, la moda efímera de lo eterno.

A pesar de que cambie la tecnología, las costumbres, los peinados y las formas de comunicarnos, la naturaleza humana no cambia. Y liderar se trata de actuar desde y sobre la naturaleza humana.

Por eso es tan importante entender lo que enseñan los antiguos sobre el arte de liderar. Porque sus enseñanzas pasaron el filtro implacable del tiempo y, si llegaron hasta nosotros, es porque funcionan.

En este curso veremos las grandes enseñanzas de los pensadores antiguos más relevantes sobre cómo liderar a otros. Aprenderemos de los genios que le dieron a los grandes emperadores, revolucionarios y conquistadores sus herramientas mentales para canalizar la energía de millones de personas y triunfar.

Pero este curso no está hecho para Alejandro Magno. Está hecho para compartir esas enseñanzas con la dueña de una pequeña empresa, el director de una ONG, el entrenador de un equipo de fútbol o el activista de un movimiento social. Y para todos los que quieran entender los conceptos más profundos del liderazgo.



Decía Montaigne que leer a Séneca es como escuchar a los dioses. No exageraba. Pocos filósofos escribieron con tanta lucidez, con tanta belleza y, sobre todo, con tanta utilidad.

Porque si la filosofía tiene que servir para algo, nadie la hizo más práctica que Séneca. En sus cartas y tratados, nos da consejos concretos sobre cómo vivir con intensidad, cómo aprovechar bien el tiempo, cómo enfrentar la adversidad y cómo controlar las emociones tóxicas, cómo recuperar la paz. Nos advierte sobre la mayor trampa de la vida: la ilusión de que tenemos tiempo. Y nos desafía a no postergar lo importante.

En este curso, vamos a leer juntos De la brevedad de la vida, algunas Cartas a Lucilio y fragmentos de Sobre la ira. Vamos a recorrer su pensamiento con la misma pasión con la que él vivió y escribió. Y, sobre todo, vamos a aprender de él lo más difícil y lo más necesario: cómo vivir bien.

Porque la filosofía no es solo para pensar. Es para vivir.

Pueden ver más aquí: https://institutobaikal.com/seneca-sep-oct/.

Christián Carman


Instituto Baikal <cursos@institutobaikal.com> jue, 16 ene 2025

No hay nada más alejado de la inteligencia que inventar la rueda cada vez que uno necesita una. Y, sin quererlo, hacemos esto todo el tiempo.

En vez de pararnos sobre hombros de gigantes, creemos que tenemos ideas originales, totalmente ciegos a que simplemente estamos repitiendo ideas que ya surgieron y se olvidaron miles de veces en la historia.

Pensar mejor es un ejercicio de humildad. Es tomar conciencia de lo gigante que es el caudal del pensamiento humano y lo minúsculos que somos nosotros en ese océano. Y recién ahí, con esa conciencia, intentar hacer un aporte.

Indudablemente una de las tecnologías más importantes que inventamos los humanos es el método científico. Ese modelo, esa forma de descubrir, nos permitió vivir muchos más años en promedio, llegar a la luna, escribir y leer este mail y escuchar una ópera mientras manejamos un auto eléctrico en un puente sobre un brazo del mar.

En el curso que comienza la semana que viene Christián Carman nos mostrará el corazón de esta tecnología, el método científico. No para convertirnos en científicos sino para usarla en lo que nosotros hagamos.

Si quieren venir a entender y aplicar la tecnología más importante de la historia, se pueden sumar aquí: https://institutobaikal.com/las-revoluciones-del-pensamiento-2025/.

Los esperamos,

El equipo de Baikal


En una película de acción, la bomba explota en un estadio y mueren miles. No se te mueve un pelo. En un drama, el protagonista no sabe como decirle a su hijo que aceptó un trabajo lejos de casa. Se te hace un nudo en la garganta. La misma situación, en una comedia, te haría reír.

Es impresionante como el género narrativo enmarca todos los acontecimientos de una película y nos enseña a interpretarlos. Como vivimos un acontecimiento depende infinitamente más del género con el que lo interpretamos que de lo que realmente sucede. Agregale música épica a una tragedia y tendrás un héroe. Poné la misma escena con violines tristes, y será un drama.

Epicteto, el filósofo que enseñó a los hombres libres habiendo sido esclavo, decía algo parecido. Él hablaba de “representaciones”: la interpretación que le agregamos a lo que nos pasa. “No es lo que te sucede lo que te angustia —decía—, sino la representación que haces de lo que te sucede”.

No podés cambiar los hechos. Pero podés elegir el género.

Tuviste un día terrible: el despertador no sonó, tenías una goma pinchada, te olvidaste el celular, te cancelaron una reunión importantísima, se confundieron con tu almuerzo, y al volver, un accidente te retrasó dos horas. Cuando llegaste, no había luz en casa.

Un día terrible. O el guion perfecto para una comedia. Epicteto dice que depende de vos.

Christián Carman

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Por menos oratoria y más escuchatoria: menos dominio del arte de hablar y más del arte de escuchar. Que aprendamos a hablar menos de lo que nos interesa y a interesarnos más en lo que nos hablan. Que sepamos reconocer al más persuasivo de los aduladores: nosotros mismos, y aprendamos a hablarnos con franqueza. Que nuestro ser hable tan fuerte que apenas se escuche lo que decimos.

Que tengamos amigos del tipo de los que se justifican con una sola frase: “porque es él, porque soy yo”. Que construyamos con ellos verdaderas aleaciones, que potencien las virtudes y mitiguen los defectos de cada uno. Que aprendamos a reconocer cuánto de lo que somos depende de la imperceptible generosidad de los otros. Que en las amistades verdaderas encontremos una prueba silenciosa de la inmortalidad.

Que nos alejemos de los que siempre nos dejan ganar y aprendamos de los que nos dejan caer del caballo. Que encontremos interlocutores que entiendan del tema que hablamos, deseen nuestro bien y tengan el coraje de decirnos lo que piensan. Que sospechemos de las relaciones posesivas, esas que intentan espantar a la competencia. Que nos cuidemos de las relaciones donde uno no quiere oír la verdad y el otro está dispuesto a mentir.

Que nos pongamos siempre del lado de quien tiene el problema para enfrentarlo juntos, y no del lado del problema enfrentando a quien lo padece. Que recordemos que las correcciones se hacen en privado y los halagos en público. Que tengamos la delicadeza de saber cuándo conviene aplazar una corrección para abrazar y consolar. Que logremos hacer favores tan puros que ni siquiera el favorecido se dé cuenta.

Que no nos avergoncemos de lo que nos falta, para luego no presumir cuando lo tengamos. Que no esperemos a que pase la tristeza para comenzar un proyecto, sino que comencemos un proyecto para que se pase la tristeza. Que aprendamos a escribir alabanzas de las dificultades que nos desafían. Que a los problemas de todos los días les pongamos tono épico o de comedia, y no de tragedia.

Que sepamos que los regalos materiales son apenas portadores del verdadero beneficio: la expresión de cariño de quien los da. Que recordemos que el gesto de quien regala dura más que los regalos. Que no pidamos dinero a los sabios ni consejos a los que son solo ricos. Que tengamos la grandeza de conducir a los que nos siguen hacia personas mejores que nosotros.

Que aceptemos que no importa con quién discutimos, sino si vamos con la verdad. Que podamos decirnos con verdad: “todo lo mío lo llevo conmigo”. Que nos sintamos una partícula más del universo entero, pero una partícula en cuya mente cabe el universo entero.

Que no devoremos nuestro propio corazón y aprendamos a compartir la vida con amigos. Que conozcamos el desbalance de nuestra alma para que, aun con recorridos torcidos, lleguemos a los objetivos que nos proponemos.

Que aprendamos que muchas veces ayudar no es resolver, sino estar.

Y que, al levantar la copa, sepamos reconocer a una vieja amiga que estuvo detrás de todos estos deseos. Que le demos un abrazo fuerte a la filosofía que, con su enorme sonrisa, siempre estuvo ahí para ayudarnos a vivir un poco mejor.

¡Feliz 2026!

Christián Carman


En vivo: Todos los miércoles, comenzando el 21/01/2026. Plataforma Zoom. Horarios: – Ciudad de México: 11:00 a 11:30 a.m. – Colombia y Perú: 12:00 m. a 12:30 p.m. – Chile, Uruguay y Argentina: 2:00 a 2:30 p.m. – España: 6:00 a 6:30 p.m. Grabado: Las grabaciones de la clases quedarán disponibles por todo el 2026. Contenido de la actividad Hace unas semanas mi madre me contó que, ahora que tiene más tiempo, decidió volver a leer los libros que la marcaron a lo largo de su vida. Libros viejos, gastados y llenos de subrayados. Está feliz con el proyecto. Lo que más le impresiona, me dijo, es que casi nunca vuelve a subrayar las mismas frases que antes.

Los libros dicen siempre lo mismo, pero uno no es el mismo lector. Algunas verdades estaban ahí desde el principio, pero solo se revelan cuando uno ya está listo para entenderlas, cuando llega con la pregunta justa o con la experiencia necesaria.

A mí me pasó lo mismo al volver a leer a los grandes filósofos que no tocaba desde la facultad: Platón, Aristóteles, Séneca, Epicteto, Marco Aurelio, Plutarco, San Agustín, Santo Tomás, Boecio… Son fascinantes. Y mil veces me lamenté no haberlos redescubierto antes. Pero, claro, antes no los habría comprendido. Ellos estaban allí desde siempre; yo no estaba listo.

A cierta edad, leer filosofía ya no se parece a sentarse a los pies del maestro, sino a conversar con un viejo amigo. Ya no buscamos aprender “teoría”, sino compartir experiencias, descubrir que esos sabios pensaron y sintieron lo mismo que nosotros, y que también buscaron cómo vivir mejor.

Como dice Séneca, cuando leemos “juntamos el néctar de los libros como las abejas”, pero solo cuando maduramos “elaboramos la miel, fundiendo en un sabor único aquellos diversos jugos” que recogimos a lo largo de la vida.

Te invito a que elaboremos esa miel juntos.

A lo largo del año, vamos a leer —y sobre todo conversar— con estos autores. Cada semana te voy a enviar un texto breve, de unas pocas páginas, no para que lo leas apurado, sino para que lo saborees. Y en los encuentros compartiremos lo que cada uno fue descubriendo en ese diálogo silencioso con los antiguos.

Porque a cierta edad ya elegimos mejor nuestras amistades.

Y, como dice Séneca, no hay mejor compañía que hacerse amigo de los mejores.

Christián Carman


Diógenes se tomó un segundo y respondió:

—Lo único que sé hacer es gobernar a los hombres.

El vendedor, entre burlón y desconcertado, empezó a gritar: “¿Quién quiere comprar un amo?, ¿quién quiere comprar un amo?”. Habría risas pero, obviamente, nadie se mostró interesado. Entonces Diógenes señaló a Geniades, un rico corintio que observaba la escena, y dijo a su vendedor que ese hombre necesitaba un dueño. Geniades lo compró. Le pareció divertido. Pero con el tiempo le terminó confiando la educación de sus hijos y la administración de su casa. El esclavo pasó a formar el carácter quienes lo habían comprado. ¿Quién era dueño de quién?

Diógenes tenía cadenas reales, pero no cedió en su libertad. Exteriormente subordinado; interiormente soberano. Solemos medir la libertad por la amplitud de opciones. Pero basta una crisis, una enfermedad o una decisión ajena para que ese margen se estreche. Si nuestra libertad depende solo de condiciones externas, es estructuralmente frágil. Toda la tradición clásica propone otra cosa: la libertad como autogobierno. No como ausencia de límites, sino como dominio de la propia respuesta frente a ellos. En esa respuesta se juega algo decisivo: si somos dueños de nosotros mismos o si nos entregamos, por comodidad o miedo, al primer postor.

Christián Carman


LA REGLA TORCIDA Instituto Baikal Date: sáb, 21 feb 2026 Perlas de la filosofía - La regla torcida

En la isla de Lesbos, los arquitectos usaban una herramienta extraña. No era una regla rígida de madera ni una vara recta de metal, sino una barra de plomo, pesada pero flexible. Cuando tenían que medir una superficie irregular —una columna curva, un borde imperfecto o una piedra que no obedecía a la geometría— no imponían la rectitud de la regla sobre el objeto. Hacían lo contrario: doblaban la regla hasta que coincidiera con la forma que querían medir. La regla no perdía su función por adaptarse; al contrario, la cumplía mejor.

Siglos después, Giambattista Vico, profesor de retórica y filósofo napolitano del siglo XVIII, vio en esa herramienta una imagen precisa de un error frecuente del pensamiento. Tendemos a construir reglas abstractas, limpias, coherentes, y luego esperamos que la realidad se comporte de acuerdo con ellas. Cuando no lo hace, no corregimos la regla: forzamos la realidad. Pero las reglas rígidas solo sirven para realidades rígidas. Y lo humano —la conducta, el carácter, las decisiones— no pertenece a ese orden.

La regla de Lesbos enseña otra actitud intelectual. No renuncia a la medida ni al criterio, pero entiende que medir no es deformar el objeto para que encaje en el instrumento, sino ajustar el instrumento a la naturaleza del objeto. La inteligencia no consiste en aplicar principios inflexibles, sino en conservar el principio sin perder el contacto con lo real.

En la vida práctica, necesitamos reglas. Pero las reglas que sirven no son las inflexibles, sino las que saben adaptarse a la siempre caprichosa forma de la realidad.

Christián Carman

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De él se cuenta una anécdota muy difundida que, dicen, ocurrió cuando era chico. Un cardenal, envidioso, le dijo:

—Los niños prodigio suelen volverse idiotas cuando crecen.

Pico lo miró con calma y respondió:

—Entonces, Eminencia, se ve que usted fue un niño prodigio.

La respuesta es brillante. Tiene la velocidad de una réplica perfecta, el filo de una ironía bien dirigida.

Pero yo creo que no es verdad. No porque Pico no tuviera ingenio —le sobraba—, sino por otra razón más interesante. Todas las anécdotas inventadas contienen algún error más o menos evidente. Y ésta lo tiene. Por lo que, claramente, es inventada. La respuesta de Pico contiene un error lógico bastante burdo. Uno de esos que alguien como Pico jamás cometería. Ni siquiera siendo un niño.

¿Podés identificar el error? (para ayudarte, yo también lo cometí en el párrafo anterior).

Christián Carman


Instituto Baikal mar, 28 jul, 2026

No hay nada más alejado de la inteligencia que inventar la rueda cada vez que uno necesita una. Y, sin quererlo, hacemos esto todo el tiempo.

En vez de pararnos sobre hombros de gigantes, creemos que tenemos ideas originales, totalmente ciegos a que simplemente estamos repitiendo ideas que ya surgieron y se olvidaron miles de veces en la historia.

Pensar mejor es un ejercicio de humildad. Es tomar conciencia de lo gigante que es el caudal del pensamiento humano y lo minúsculos que somos nosotros en ese océano. Y recién ahí, con esa conciencia, intentar hacer un aporte.

Indudablemente una de las tecnologías más importantes que inventamos los humanos es el método científico. Ese modelo, esa forma de descubrir, nos permitió vivir muchos más años en promedio, llegar a la luna, escribir y leer este mail y escuchar una ópera mientras manejamos un auto eléctrico en un puente sobre un brazo del mar.

En el curso que comienza la semana que viene en el Club de Ciencia de Baikal, Christián Carman nos mostrará el corazón de esta tecnología, el método científico. No para convertirnos en científicos sino para usarla en lo que nosotros hagamos.

Si quieren venir a entender y aplicar la tecnología más importante de la historia, se pueden sumar aquí: https://institutobaikal.com/introduccion-a-la-epistemologia/.

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Alejandro Magno acababa de derrotar a Darío III, el rey persa, quien huyó dejando atrás a toda su familia. Capturados rápidamente, la reina madre de Darío, en un gesto desesperado, se adelantó para postrarse ante el que creía era Alejandro, rogando misericordia. Pero confundió al emperador con Hefestión, el inseparable amigo de Alejandro, y se inclinó ante él. Un error que en cualquier otra situación podría haber sido imperdonable. Aunque hay que reconocer que la confusión era comprensible: ambos vestían igual, caminaban juntos, y Hefestión, incluso, era más alto y de porte más distinguido que el propio Alejandro.

Al notar el error, la reina se estremeció de miedo, pero Alejandro, lejos de ofenderse, se rió y, con toda calma, le dijo: “Usted no se ha equivocado, él también es Alejandro”. Esta respuesta refleja una enseñanza que Alejandro había aprendido de Aristóteles en su juventud: un amigo es otro yo. La verdadera amistad no conoce jerarquías, celos ni envidias.

Aristóteles dedicó dos capítulos enteros de su Ética a Nicómaco al tema de la amistad. Es el primer estudio sistemático sobre este vínculo y, en muchos aspectos, sigue siendo uno de los más profundos. En este texto, Aristóteles se pregunta cómo lograr que una amistad sea duradera, qué hacer cuando tu amigo cambia tanto que ya no lo reconoces, cómo romper una amistad sin causar daño, cuán importante es compartir gustos o intereses, si es mejor tener amigos parecidos o diferentes, y qué hace que algunas amistades sean frágiles y otras sólidas. También aborda cómo poner el bien de tu amigo por encima del propio, cómo ser un buen amigo de uno mismo, y muchas otras cuestiones fascinantes.

Si alguna vez te has hecho estas preguntas y te interesa saber qué tiene que decir Aristóteles al respecto, te invito a unirte a Perlas de la filosofía. Vamos a leer, despacio y disfrutando, este clásico que sigue iluminando nuestras relaciones hoy en día.

Christián Carman


LA AMISTAD Y LA VIDA ETERNA Perlas de la filosofía - La amistad y la vida eterna

Instituto Baikal <cursos@institutobaikal. 25 abr 2025, 17:55

“Para ser un buen historiador de la astronomía griega, tenés que traducir al menos algún libro original”, me dijo una vez un historiador muy prestigioso. Así que me puse manos a la obra. De a poco fui recuperando el griego antiguo que había estudiado en la universidad y empecé a traducir una obra corta de un autor al que ya conocía bien. Le dedicaba una mañana entera por semana. Me habrá llevado unos tres años. Serán unas cien páginas. Sabía perfectamente que no era publicable: en muchas partes era apenas un plagio encubierto de la traducción inglesa, que espiaba cada vez que el griego se me escapaba. Pero la terminé. Y cuando la terminé, pensé en Rodolfo Buzón.

Buzón había sido mi profesor de Griego 2. Exigente pero muy amable. Fue el único que me puso un 5 en un examen. Fue en el primer parcial. Recuerdo que cuando vi el texto para traducir, no entendí nada. Me acerqué con una duda puntual. Me la explicó sin problema y, sin que yo se lo pidiera, empezó a resolverme toda la traducción. Apoyaba su pulgar en el texto como si señalara una palabra, pero en realidad tapaba tres o cuatro renglones. Yo tenía que adivinar cuál estaba indicando con ese pulgar enorme. A las semanas me devolvió el examen corregido: ni una marca, ningún error. Esperaba un 10. Me dijo: “Carman, tiene un 5”. “¿Por qué, profesor, si está todo bien?”. “Sí, pero la mitad se la hice yo.” Me contestó sonriendo.

Muchos años después, me animé a escribirle. Le conté que había terminado una traducción y le pregunté si podía leerla. Me citó en la biblioteca de la universidad. Le recordé la anécdota del parcial, el cinco y su pulgar. Se miró el dedo con orgullo y sonrió. Hacía décadas que no hablábamos, pero se acordaba perfectamente de mí. Se sentó frente a mí, tomó mi traducción y empezó a leerla. Luego de un largo rato, seguía pasando páginas, y yo miraba su rostro como quien mira al médico mientras revisa los resultados de tus estudios, tratando de adivinar el diagnóstico.

Finalmente levantó la vista y me dijo: “Carman, nos vemos mañana a las 14 en casa”. Era un miércoles. Desde ese jueves, y durante diez años, nos encontramos todas las semanas de 14 a 21 para “corregir” mi traducción. Lo agarré en su mejor momento: recién jubilado, con tiempo y con toda su lucidez intacta. Fue un trabajo inmenso. Releímos cada frase, cada palabra. Y después la confrontamos con todas las traducciones existentes: en latín, en alemán, en inglés, en francés, en italiano, incluso alguna en griego moderno. Quedó una traducción hermosa, y la publicamos. Durante esos años aprendí muchísimo griego. Pero, además, se fue forjando una amistad profunda. Aristóteles dice que la verdadera amistad solo es posible entre iguales. La nuestra era, en ese sentido, extraña: él seguía siendo el profesor, yo el discípulo. Eso jamás cambió. Durante todos esos años de trabajo conjunto, yo lo llamaba “Profesor”, y aunque él me llamaba por mi nombre, jamás me tuteó.

Hace una semana, Rodolfo Buzón falleció. Cuando lo fui a visitar al hospital por última vez, estaba ya muy delgado. Aunque completamente lúcido, le costaba hablar. Hacía un esfuerzo grande por hacerme notar que sabía quién era yo. Al final, antes de irme, me dijo: “Usted verá que estoy muy delgado, por culpa de esta enfermedad”. Y levantando el pulgar, agregó con una sonrisa: “pero este pulgar sigue intacto”.

¡Cuánto me dijo con esa última frase! Ralph Waldo Emerson, filósofo y ensayista estadounidense del siglo XIX que desconfiaba de los vínculos permanentes, escribió una vez: “La amistad, como la inmortalidad del alma, es demasiado buena para ser creída”. Para mí, en parte tiene razón y en parte se equivocaba. La amistad y la inmortalidad del alma están profundamente unidas. O las dos son verdad, o las dos son mentira. Pero Rodolfo Buzón me demostró, sin ninguna duda, que la amistad existe.

Me parece escuchar un susurro preocupado de los ángeles: “Tengan cuidado, llegó el infalible pulgar de Buzón”.

Christián Carman


En un giro inesperado de la guerra de Troya, Aquiles, el mejor guerrero de los griegos, se retira del combate porque Agamenón, su jefe, había herido su orgullo. Y no solo se retira: lleno de bronca, le pide a su madre, la diosa Tetis, que interceda ante Zeus para que sus propios compañeros sean derrotados. Que sufran, para que aprendan lo que significa despreciarlo.

Tal vez no hacía falta ese pedido. El solo hecho de saber que Aquiles no peleaba envalentonó a los troyanos, como a los rivales de Argentina cuando se enteran de que Messi no va a jugar. Los aqueos caen uno tras otro, y Aquiles permanece inmóvil, masticando su rabia.

Hasta que llega Patroclo, su amigo del alma. No soporta ver a los suyos morir y le ruega que lo deje entrar en combate. Aquiles acepta y hasta lo invita a disfrazarse de él mismo para que los troyanos, al creer que volvió a la batalla, se desanimen. Patroclo se coloca la armadura completa de Aquiles —el yelmo, la coraza y las grebas— e incluso monta sus caballos inmortales.

Sólo le queda tomar la lanza para ser una copia perfecta de Aquiles. Pero, cuando está a punto de agarrarla, se detiene. La lanza era un regalo del centauro Quirón a Peleo, el padre de Aquiles, el día de su boda con Tetis. Estaba hecha de un fresno cortado del monte Pelión. Como dice Homero, era “pesada, grande y fuerte: ningún aqueo podía manejarla salvo Aquiles.”

Patroclo no se anima y se va sin la lanza. Pudo imitar en todo a Aquiles, menos en lo que lo hacía único. Sin la lanza de Aquiles, Patroclo muere en batalla.

Plutarco dice que, como Patroclo, la adulación se disfraza de amistad. Puede revestirse de todas sus características, excepto de una. La lanza de Aquiles de la amistad es la franqueza.

El hablarnos con franqueza, el decirnos lo que realmente pensamos aun cuando sabemos que nuestro amigo no estará de acuerdo, es lo que distingue a la amistad de sus imitaciones baratas. Es lo inimitable. Como dice Cicerón: “no hay amistad posible cuando uno no quiere oír la verdad y el otro está dispuesto a mentir.”

La amistad sin franqueza es como Patroclo sin la lanza: un disfraz condenado a caer en el primer combate.

Christián Carman

Pronto comienza nuestro curso sobre Séneca.


Recibidos

Instituto Baikal <cursos@institutobaikal.com> 4 jul 2025, 17:02

Las charlas con Aristóteles fascinaban a un Alejandro Magno todavía niño. Su padre, Filipo II, no había reparado en gastos: contrató al mejor educador del momento para preparar al que sería heredero del mundo. Algunos temas le interesaban menos que otros, pero cuando Aristóteles hablaba de la amistad, Alejandro quedaba embelesado.

El filósofo la había estudiado con minuciosidad, y hablaba del amigo como del máximo tesoro. En una clase le dijo que “de nada vale tener toda la riqueza del mundo si uno no la puede compartir con amigos”. En otra, le explicó que un amigo es como otro yo. Alejandro deseaba ardientemente tener un amigo así. Tal vez más que conquistar imperios, quería encontrar un alma gemela con quien compartir lo conquistado.

Pero entonces ocurrió algo que lo desconcertó. En una clase, Aristóteles desarrolló los requisitos de la verdadera amistad. Entre ellos, dijo, debía darse entre pares. Quizá no notó la reacción del joven Alejandro. Después de todo, es de sentido común: la amistad no admite jerarquías. Pero Filipo, su padre, le había repetido hasta el cansancio que él era único, que estaba por encima de todos, que no tenía igual. Sin quererlo, Aristóteles acababa de condenarlo a la soledad.

La soledad de los gobernantes fue un tema clásico en la antigüedad y hasta bien entrada la modernidad. Plutarco, Séneca, Maquiavelo, Montaigne: todos reflexionaron sobre el dilema de reyes y emperadores que no pueden tener amigos, porque no tienen pares. Pero de algún modo, cuando Alejandro creció, le encontró la vuelta.

Tras derrotar a Darío III, el rey persa, este huyó dejando atrás a toda su familia. Capturados, fueron llevados ante el emperador. La reina madre de Darío, desesperada, se adelantó y se postró ante quien creía era Alejandro, suplicando misericordia. Pero había confundido al emperador con Hefestión, su inseparable amigo. Un error que en otras circunstancias habría costado caro. Aunque, siendo justos, la confusión era comprensible: ambos vestían igual, caminaban siempre juntos, y Hefestión era incluso más alto y distinguido que el propio Alejandro.

Al notar el error, la reina se estremeció de miedo. Pero Alejandro, lejos de ofenderse, se rió y le dijo con toda calma:

—Usted no se ha equivocado. Él también es Alejandro.

Para Alejandro, Hefestión era un alter ego, como enseñaba Aristóteles. Y si la amistad exige igualdad, entonces su amistad sería capaz de crearla.

Una sentencia clásica dice: Amicitia aut pares invenit aut pares facit: la amistad encuentra iguales… o los hace.

Aristóteles tenía razón en que no hay verdadera amistad sin paridad. Alejandro, para no renunciar a la amistad, renunció a la jerarquía.

Pronto comienza nuestro curso de Aristóteles. Podés ver más información y sumarte en este enlace: https://institutobaikal.com/aristoteles/.

Christián Carman


— ¿A cuántos amigos puedo invitar a dormir este fin de semana? — me pregunta Santi. Todavía no tuvo lógica en el colegio, pero ya aprendió a manejar las falacias con maestría: eso que acaba de hacer se llama pregunta compleja. Porque al contestarla, uno da por válida otra pregunta que no se formuló. Yo nunca le dije que podía invitar amigos. Pero si respondo “dos” o “ninguno”, ya estoy cediendo en lo más importante.

Usamos este tipo de preguntas todo el tiempo: ¿Con qué vas a brindar? (¿y quién dijo que voy a brindar?) ¿Cuándo te vas a casar? ¿Para cuándo el primero? ¿Qué vas a estudiar cuando termines el colegio? Son aparentemente inocentes, pero empujan hacia una respuesta dentro de un marco que ya fue decidido por otro. Y lo mismo pasa con muchas de las preguntas más profundas que nosotros nos hacemos a nosotros mismos: ¿Cuál es tu propósito en la vida? —supone que tenés uno, fijo, personal, como si la vida fuera una historia con destino. ¿Cómo puedo ser mi mejor versión? —implica que hay una versión ideal de vos, objetiva, que podemos conocerla y que debés perseguirla. ¿Cómo puedo vivir de mi pasión? —da por hecho que tenés una pasión única, descubierta y monetizable. ¿Cómo sé si estoy siendo auténtico? —cree que hay un “yo verdadero” escondido, y que el trabajo es encontrarlo. Parecen preguntas filosóficas. Pero no lo son del todo. Porque la filosofía no empieza respondiendo esas preguntas. Empieza revisando los supuestos que esconden. Por eso este curso no te va a dar respuestas armadas.Te va a ayudar a detectar las respuestas que heredaste sin saberlo, a reconocer el supuesto en las preguntas que te hacés. Cuatro períodos. Catorce tesis en cada uno. Desde los griegos hasta la inteligencia artificial.Para empezar, por fin, a contestar las preguntas más profundas.

Te espero aquí: https://institutobaikal.com/historia-de-la-filosofia/.

Christián Carman


En 1962, un joven boxeador de apenas 20 años se preparaba para enfrentarse a una leyenda: Archie Moore, un veterano con más de 200 peleas, famoso por su técnica implacable. El muchacho tenía apenas un puñado de combates y ningún título. Pero en la previa, hizo algo que desconcertó a todos. Se paseó ante los periodistas, seguro, desafiante, repitiendo una frase que parecía absurda, incluso ridícula: “Soy el más grande. Lo decía incluso antes de saber que lo era”.

No lo era. Nadie lo consideraba el más grande. Ni él mismo.

Epicteto, el gran filósofo estoico, proponía hacer algo parecido 2000 años antes:

“Cuando trates a alguien con violencia o lo amenaces, acuérdate de decirte: ‘eres manso’”.

Es decir, cuando no seas algo, di que lo eres. La frase, tomada literalmente, suena absurda. Es un consejo que parecería pedirnos que nos mintamos: justo cuando es evidente que no estamos siendo mansos, se nos sugiere que afirmemos que lo somos. No es a fuerza de autoengaños como vamos a superar nuestras dificultades.

Si dijera “acuérdate de que debés ser manso”, o “de que te habías propuesto serlo”, o incluso “que podés serlo”, tendría sentido. Pero no. Lo que dice es que lo sos… cuando es claro que no lo estás siendo.

Es una paradoja semejante a la del Oráculo de Delfos. En la entrada del templo podía leerse: “Conócete a ti mismo y sé lo que eres”. Ya soy lo que soy, ¿qué sentido tiene proponerme que sea lo que ya soy?

Sin embargo, si leemos ambas frases desde la idea de acto y potencia en Aristóteles, la contradicción da paso a una profundidad inesperada.

Para Aristóteles, todas las cosas pueden estar en dos estados: en acto —cuando efectivamente son lo que son— o en potencia —cuando aún no lo son, pero pueden llegar a serlo—. Una semilla es semilla en acto, pero árbol en potencia. Un estudiante de medicina es estudiante en acto, pero médico en potencia. Y Aristóteles insiste: para comprender de verdad lo que algo es, no basta mirar su forma presente. Hay que atender también a lo que puede llegar a ser. Una semilla no se entiende del todo si no se considera su capacidad real de transformarse en árbol. Esa capacidad no es una mera posibilidad lógica, como la que yo tengo de ganarme la lotería, sino una potencia verdadera, que ya está en ella, y la define.

Cuando Epicteto dice que te repitas que sos manso justo cuando no lo estás siendo, te está recordando que lo sos en potencia, aunque no lo seas en acto. Que esa mansedumbre ya está en vos, esperando ser activada. No es una fantasía, ni una aspiración lejana: es una potencia interior, real aunque todavía no actualizada. Vos no te definís solo por lo que sos ahora, sino también por todas las capacidades que tenés. Esa potencia ya está en vos, y forma parte de tu identidad.

Cuando el Oráculo te dice “conócete a ti mismo”, te invita a conocer no solo lo que sos en acto, sino también lo que sos en potencia. Y cuando te dice “sé lo que eres”, no te llama a mantener el statu quo, sino a actualizar lo que ya sos en potencia. No te llama a ser lo que los demás esperan de vos, ni lo que vos deseás ser, sino aquello que ya sos en potencia. Lo que ya vive en vos. Vos ya sos hoy lo que podés ser mañana.

Aquel joven boxeador que se decía el más grande cuando todavía no lo era, estaba —sin saberlo— siguiendo el consejo de Epicteto: recordar quién uno es en potencia te ayuda a serlo en acto. Y lo fue. Se convirtió en campeón del mundo y en uno de los deportistas más admirados de la historia. En ese entonces se llamaba Cassius Clay.

El mundo lo recordaría para siempre como Muhammad Ali.

Christián Carman

En breve comienza nuestro curso de "Filosofía para la era de la IA". Puedes ver más información y sumarte en este enlace: https://institutobaikal.com/filosofia-para-la-era-



EL JESUITA VS ELON MUSK

Esta semana seguimos revisitando Perlas pasadas. El jesuita vs. Elon Musk

Christián Carman


Christián Carman


MI PRIMER ÍDOLO FUE ALBERT EINSTEIN Instituto Baikal <cursos@institutobaikal.com> 7 jul 2025, 17:43

A los quince años leí La Aventura del Pensamiento. No entendí mucho, pero me fascinó. Enseguida me compré Mis ideas y pensamientos. Me encantaba saber lo que pensaba. Soñaba con ser físico. Pero lo que de verdad hubiera querido era estar ahí, sentado al lado de Einstein, mirando cómo resolvía ecuaciones. No escucharle hablar de su teoría, sino verlo en acción.

Es buenísimo leer los libros de los que transformaron el mundo. Pero mucho mejor sería verlos en su trabajo cotidiano.

Leer los cuadernos de Leonardo da Vinci es una experiencia única, pero ¿quién no daría lo que fuera por pasar dos tardes en su taller?

Estudiar El arte de la guerra de Sun Tzu es brillante, pero sería incomparable verlo caminar entre sus soldados, trazar un plan, leer al enemigo, corregir una formación.

Lo mismo pasa con Séneca.

Leer sus tratados es aprender filosofía. Pero leer sus cartas es una experiencia infinitamente superior. Es ver a al filósofo en acción. No en el escenario, sino en el pasillo. Acompañando a un amigo, peleando con sus propias emociones, aplicando en lo concreto lo que enseñaba en abstracto.

En Perlas de la filosofía vamos a leer las mejores cartas de Séneca.

No vamos a escucharlo hablar desde el podio, sino a verlo vivir desde adentro.

Como quien se cuela en el vestuario antes de salir a la cancha.

Si querés sumarte a Perlas de la filosofía, podés hacerlo en este enlace: https://institutobaikal.com/perlas-de-la-filosofia-2025/.

Christián Carman

EnciclopediaRelacionalDinamica: ChristianCarlosCarman (última edición 2026-09-21 16:41:08 efectuada por MercedesJones)