Héctor Viel Temperley


Miércoles 01 de enero de 2020 "Me encuentro con mi poesía al no saber cómo hacerla". Poco antes de su muerte, en 1987, Sergio Bizzio le hizo al poeta Héctor Viel Temperley esta entrevista, publicada en la revista Vuelta Sudamericana. La tituló "Estado de comunión", y le agradecemos el permiso de recuperarla aquí ahora.

Por Sergio Bizzio.

Viel Temperley nació en Buenos Aires en 1933. Con su primer libro, a los 23 años, obtuvo la Faja de Honor de la SADE. Entre ese libro y el último volaron 30 años. Sus lectores, pocos, hablan de Viel como uno de los mejores actuales. Ahora –el presente vale– llega de una sesión de rayos y está en la cama, una frazada prolijamente doblada a la altura del pecho.


HOSPITAL BRITÁNICO (fragmentos)

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La muchacha regresa con rostro de roedor, desfigurada por no querer saber lo que es ser joven. Llevando otro embarazo sobre las largas piernas, me pide humildemente fechas para una lápida.

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TU ROSTRO

Tu Rostro como sangre muy oscura en un plato de tropa, entre cocinas frías y bajo un sol de nieve; Tu Rostro como una conversación entre colmenas con vértigo en la llanura del verano; Tu Rostro como sombra verde y negra con balidos muy cerca de mi aliento y mi revólver; Tu Rostro como sombra verde y negra que desciende al galope, cada tarde, desde una pampa a dos mil metros sobre el nivel del mar; Tu Rostro como arroyos de violetas cayendo lentamente desde gallos de riña; Tu Rostro como arroyos de violetas que empapan de vitrales a un hospital sobre un barranco.

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Por las paredes de los rascacielos el calor y el silencio suben de nave en nave: Obsesivo verano de fotógrafo en fotógrafo, ojos de Arponero que rayan lo que miran. Ser de avenidas verticales que jamás fue azotado.

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YACE MURIÉNDOSE

Toda la transpiración de mi cuerpo regresará a mis ojos cuando muera el tambor en donde fui formado y hable con Él —como un niño borracho— entre sillas caídas, río crecido y juncos.

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Todas las lágrimas de mi vida volverán a mis ojos; y por las hondas sedas de un pecho de caballo querré internarme, huir, refugiarme en mi casa de trozos esparcidos de ballenas: mi casa como cuerpo de varón recién nacido en el tórrido vientre del silencio.

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PARA COMENZAR TODO DE NUEVO

Es mi parte de tierra la que llora por los ciruelos que ha perdido.

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PARA COMENZAR TODO DE NUEVO

El verano en que resucitemos tendrá un molino cerca con un chorro blanquísimo sepultado en la vena.

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“CHRISTUS PANTOKRATOR”

La postal viene de marineros, de pugilistas viejos en ese bar estrecho que parece un submarino—de maderas y latas—hundiéndose en el sol de la ribera. La postal viene de un Christus Pantokrator que cuando bajo las persianas, apago la luz y cierro los ojos, me pide que filme Su Silencio dentro de una botella varada en un banco infinito.

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EL NADADOR

Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada. Soy el hombre que quiere ser aguada para beber tus lluvias con la piel de su pecho. Soy el nadador, Señor, bota sin pierna bajo el cielo para tus lluvias mansas, para tus fuertes lluvias, para todas tus aguas. Las aguas como lonjas de una piel infinita, las aguas libres y la de los lagos, que no son más que cielos arrastrados por tus caídos ángeles.

Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada. Tuyo es mi cuerpo, que hasta en las más bajas aguas de los arroyos se sostiene vibrante, como en medio del aire. Mi cuerpo que se hunde en transparentes ríos y va soltando en ellos su aliento, lentamente, dándoselo a aspirar a la corriente.

Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada hasta las lluvias de su infancia, que a las tardes crecían entre sus piernas salpicadas como alto y limpio pajonal que aislaba las casonas y desde sus paredes celestes se ensanchaba.

Soy el nadador, Señor, el hombre que nada por la memoria de las aguas hasta donde su pecho recuerda las pisadas, como marcas de luz, de tus sandalias.

Y recuerda los días cuando el cielo rodaba hasta los ríos como un viento y hacía el agua tan azul que el hombre entraba en ella y respiraba. Soy el hombre que nada hasta los cielos con sus largas miradas.

Soy el nadador, Señor, sólo el hombre que nada. Gracias doy a tus aguas porque en ellas mis brazos todavía hacen ruido de alas.

EnciclopediaRelacionalDinamica: HectorVielTemperley (última edición 2026-01-23 11:57:22 efectuada por MercedesJones)