Enviado por Héctor Zavala, jueves 4 de diciembre, 2025

Cada tarde, a las cinco en punto, reunía a los demás residentes en el salón común. No para contar anécdotas del pasado. No para hablar de lo que fue. Sino para imaginar lo que aún no había pasado.

—Hoy viajaremos a Marte —decía con voz pausada—. Yo seré el capitán. Sumiko, tú serás la jefa de cocina interestelar. Y Takeshi, el ingeniero de gravedad.

Los otros ancianos reían al principio. Luego participaban con entusiasmo. Uno llevaba un casco hecho de una olla. Otra pintaba estrellas en cartulinas. Haruto les entregaba “misiones” semanales y escribía sus historias en una libreta que tituló: “Crónicas del Futuro de los que Nadie Esperaba.”

No eran juegos. Eran actos de resistencia creativa.

—¿Por qué lo hace, señor Yamane? —le preguntó una enfermera joven.

—Porque aquí todos ya tienen su historia contada. Lo que yo quiero es que recuerden que aún pueden inventar otras.

Desde que enviudó a los 67, Haruto vivía solo. No tuvo hijos. Se dedicó a enseñar literatura a estudiantes de secundaria durante 40 años. Pero al llegar a la residencia, descubrió que la mayoría de los ancianos hablaban solo del pasado… o del miedo al final.

Él decidió hablar del futuro. Del suyo. Del de todos.

Una semana, organizó una “excursión virtual” al año 2120. Cada uno debía imaginar cómo sería su versión del mundo en el futuro. Una anciana de 102 años dibujó un jardín en la luna. Otro escribió un poema sobre abuelos que volaban. Uno, que nunca había dicho ni una palabra en meses, construyó un robot con piezas de reloj y lo llamó “nietobot”.

Y Haruto los animaba a más.

—Si el cuerpo ya no nos lleva lejos —decía—, al menos que la imaginación nos regale piernas nuevas.

Un día, uno de los residentes falleció. Todos estaban tristes. Haruto propuso algo insólito:

—Vamos a escribir su futuro que no vivió.

Y juntos imaginaron que había abierto una librería en Saturno, donde vendía haikus en cápsulas de oxígeno. La risa se mezcló con las lágrimas. Y el recuerdo dejó de doler por unos minutos.

La historia se extendió más allá de la residencia. Un grupo de jóvenes universitarios de Tokio vino a conocerlo. Le ofrecieron publicar sus crónicas. Él dijo:

—Solo si los beneficios se usan para enseñar a niños a imaginar.

El libro se tituló: “Futuros que aún me pertenecen.” Y se convirtió en un éxito inesperado.

Cuando Haruto cumplió 95, pidió solo una cosa:

—Quiero una fiesta de bienvenida… al año 2300.

Y la residencia entera se transformó. Globos con planetas, comida azul, cartas de lectores de todas partes del mundo que agradecían por devolverles las ganas de soñar.

Una mañana, Haruto no se despertó.

Pero en su escritorio, quedó su libreta. Abierta por la última página. Solo decía:

“Me fui a crear otro futuro. No me esperen. Inventen el suyo.”

Desde entonces, cada año, miles de niños y ancianos de todo Japón celebran el Día de la Imaginación Mayor. Un homenaje al hombre que demostró que la vejez no tiene por qué ser un cierre… Puede ser la mejor parte de la historia.

EnciclopediaRelacionalDinamica: HectorZabala (última edición 2025-12-04 20:12:19 efectuada por MercedesJones)