Trayectoria profesional del Dr. Hugo Oscar Ambrosi:



APORTES DE HUGO AMBROSI AL PROCESO DE DIÁLOGO: ArgentinaConversa

El jueves pasado, casi al final de la 2a. Reunión del taller AC, se planteó que las preocupaciones de los participantes, se orientaban en dos direcciones. Por un lado, quienes enfatizaban la naturaleza del conversar y ponían la atención en su desarrollo. Otros mientras tanto ponían el acento en los resultados que debían obtenerse del desarrollo de las conversaciones. Especialmente en el plano político. Me pareció un interesante dilema. Durante la reunión yo me expresé como más cercano a la posición de quienes abogan por el cultivo de la conversación en sí misma. Pensando posteriormente creo que la cuestión se puede resolver considerado un enfoque que abarque ambas miradas, considerando no solo el intercambio entre los interlocutores, sino el tema de la conversación, el contexto y la situación. Pero entonces, ¿Dónde queda la originalidad, el valor propio de la conversación? Una manera de decirlo de forma condensada, se consigue introduciendo un concepto que expresa, según mi punto de vista, el “espíritu de la conversación”. Ese concepto identifica un estado de la mente, que podemos llamar “modo aprender”. ¿Cuál es el estado de la mente en “modo aprender”? En ese estado la mente: escucha, pregunta, duda, insiste, propone, ensaya, verifica, reinicia, espera, recuerda y sobre todo mantiene activo el canal de comunicación. Todos esos actos se producen atendiendo al contexto y a la dinámica de las situaciones en las que ocurre la conversación. Para el conversador, el mayor valor está en mantener activa la conversación. El confía que mientras los intercambios suceden, seguirá aprendiendo, el contexto y la situación van cambiando, y por obra del aprendizaje mutuo y de las condiciones externas, pueden producirse cambios en la relación establecida sobre los temas motivos de la conversación, en cualquier dirección, acercando o alejando los pensamientos respectivos de los protagonistas. Que, por ejemplo, pueden girar su interés hacia otras cuestiones, que han ganado su atención como resultado de la conversación y de las circunstancias (contexto y situación). Una especie de estrategia indirecta, en el sentido de Liddell, parece gobernar una conversación. Si no se avanza frontalmente, tal vez un desvío nos puede llevar a un resultado satisfactorio.

Hugo Oscar Ambrosi Buenos Aires, mayo 5 de 2019


También señala que es habitual encontrar una interpretación que supone inevitable la existencia de un propósito, de una finalidad, para que se desarrolle una conversación. Mientras por otro lado la conversación se reconoce como un acto esencial de la vida social, como el vínculo entre los individuos que permite desarrollar un pensamiento, una inteligencia colectiva. Durante la trayectoria recorrida, se ha repetido reiteradamente la necesidad de que entre los conversadores se tiendan lazos de empatía. Esa misteriosa cualidad que permite el acercamiento entre las personas, mediante la escucha mutua, que a su vez lleva a ponerse en el lugar del otro, ponerse en los zapatos del otro, salir de los estrechos límites del sí mismo y cruzarse al espacio más amplio del nosotros. Pero, ¿qué es la empatía entonces? ¿Qué es ese acercarse al prójimo de manera atenta y afectuosa, interesada en lo que piensa y en lo que siente, sino una expresión de la amalgama fraternal entre los hombres, que suelen turbarse cuando la nombran: el amor. Pero la vida es compleja, las circunstancias no siempre son propicias, las tensiones y preocupaciones suelen postergar los afectos, pero siempre y en todo momento, la gente tiene que seguir conversando. Es en esos puntos de quiebre y de dificultad que es necesario recurrir a la razón y a la voluntad. Deben convertirse en reglas y principios que, por su naturaleza, los sentimientos resuelven en muchos casos. Y esos principios y reglas se sintetizan en una ley, que permanece a través de los tiempos y de las culturas. La regla de oro de la ética, es la que guía la conducta por el principio de no hacer a otros lo que no queremos que se nos haga. Es decir, si no sentimos una espontanea empatía, si naturalmente el afecto no predispone a la escucha y a la comprensión, debe ser la voluntad la que mantenga el rumbo y produzca las acciones necesarias para que la conversación transcurra fluida y amigablemente. Amigablemente quiere decir en tono de amistad, lo cual nos lleva al punto. Conversar siempre debe interpretarse como un acto de amistad. Los que conversan deben mirarse y verse como amigos, no iguales tal vez, con diferencias es muy posible, pero unidos por el vínculo invisible de amistad que los une. Sobre esa trama esencial se apoyarán los temas, los propósitos, las necesidades, que la conversación debe atender. Establecida la vigencia del principio moral se desprenden de él, naturalmente, consejos y protocolos generales que constituyen el enfoque metodológico, la difusión de buenas prácticas que ayuden al ejercicio de una conversación confortable y eficaz. Pero esos recursos nunca agotaran la diversidad de situaciones, de momentos, de caracteres, que se pueden encontrar en el desarrollo de una conversación. En esas circunstancias se podrá disponer siempre del recurso al principio general, la regla dorada, de no hacer mal a nadie, de no hacer al otro lo que no queremos que nos hagan a nosotros. Y equipados con ese poderoso recurso las conversaciones entre la gente más diversa sobre los temas más variados se podrán desarrollar siempre dentro de un marco de afectuosa amistad que es el “alma de la conversación”.

EnciclopediaRelacionalDinamica: HugoAmbrosi (última edición 2026-05-15 13:30:51 efectuada por MercedesJones)