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MIEDO, TEMOR Y OTRAS VICISITUDES

No hay palabra verdadera que no sea unión inquebrantable entre acción y reflexión. PauloFreire.

Hoy 12 de enero de 2016, en una tarde nublada y esperando que se desencadenara una tormenta, estaba en Buenos Aires, conversando con MatiasKelly e hicimos un paréntesis en el relato para tratar de entendernos con respecto al tema del miedo. Me parecía que lo que Matías llamaba miedo, no era una emoción tan precisa o tan coherente de sentir en una circunstancia, que yo llamaría, de puro desafío.

Frente al vértigo de la responsabilidad, es decir, del tener que responder, de tener que dar "una buena respuesta", lo que generalmente sucede es que hay un alerta, una emoción adrenalínica que te pregunta en la boca del estómago ¿estaré a la altura de las circunstancias? Además, cuando uno tiene estándares altos la duda es mayor. En el caso de que uno no quiera dar "cualquier respuesta", sino que la expectativa, la aspiración, es dar "una respuesta increíble" hay obviamente una conciencia de mayor desafío. Es razonable, hay un nivel muy alto de exigencia interna.

Ahora, ¿esta emoción puede ser definida como "miedo"? pensaba yo. Me hacía ruido definir una actitud de conciencia de riesgo, cautela, alta expectativa, etc como miedo. Para explicarme mejor, enfaticé "lo que vos decís no es miedo es temor, conciencia de riesgo no es lo mismo que miedo"...y traté de sostenerlo con algún ejemplo. Cambiamos de tema pero me quedó repicando esta diferencia. No estaba tan convencida con mi propia argumentación.

En el trayecto a casa seguí pensando. Me puse a buscar y querría darle a estas ideas otra vuelta de espiral. Quizás la perspectiva de Matías es la acertada. Quizás el tema no es tan simple. Según algunos filósofos el miedo sintetiza aquella milenaria tensión entre la naturalidad y la civilidad del hombre.

Quizás las emociones no son tan nítidas y admiten mezclas difíciles de rotular de una única forma o bajo un sólo concepto. Por si nos sirve para algo iré copiando abajo algunas perspectivas que encontré y probablemente nos permitan seguir pensando. Si el miedo es útil, si el temor es más adecuado como estrategia, si...es necesario pensar un poco más. Pero, como dice Freire, es una reflexión para la acción. Queda abierta la posibilidad de adquirir nuevas estrategias de afrontamiento de los desafíos. Quizás aceptando otra paleta de emociones. O tal vez, comprendiendo que el miedo y/o el temor, hasta el pánico forma parte del programa vital. En cualquier caso, sería una manera de aprender a surfear la vida.

MercedesJones


http://rodrigopm7.blogspot.com.ar/2012/04/miedo-y-temor-cual-es-la-diferencia.html

Todas las personas han experimentado estas dos emociones. Algunos piensan que es lo mismo, otras que son diferentes. Pero, qué es lo que realmente significan estas palabras?

Miedo

El miedo se define como "Recelo o aprensión que alguien tiene de que le suceda algo contrario a lo que desea."[1] Esto quiere decir que es un sentimiento el cual nos impide hacer algo, porque existe el riesgo de no obtener el resultado esperado, o que suceda algo que no queremos. Muchas veces hemos tenido miedo de:

Cuando uno tiene miedo en una situación es porque se siente inseguro de las consecuencias que se pueden tener por realizar cierta acción. Todos en algún momento hemos tenido miedo de algo, sentimos esa inseguridad porque existe la probabilidad de perder algo. Esto le sucedió a la persona que le fue entregado un talento, y por no querer perderlo lo escondió en la tierra y no le sacó el mayor provecho.

La sensación de riesgo no es necesariamente negativa. Un riesgo existe cuando se presenta una oportunidad o una amenaza, el resultado dependerá de cómo se maneje la situación.

La consecuencia más fuerte o quizás negativa que se puede tner por sentir miedo es que ese miedo crece y (depende de la situación) te puede llevar a tener sentimientos que pueden perjudicar tu vida. Es como dicen en la película de Star Wars: "El miedo es el camino al lado oscuro". Cuando tienes miedo, te sientes inseguro, empiezas a dudar de las personas que te rodean, y para no sentir esa inseguridad tus emociones empiezan a sentir prevención, rechazo, ira sobre cualquier circunstancia a la que te enfrentas, como si eso fuera una especie de 'burbuja' que te protege de cualquier ataque; y si sientes ira, podrías llegar al grado máximo de la ira que deriva en el odio. Podrás llegar al extremo de odiar.

Para tratar de evitar el miedo se debe tener: Confianza.- Podemos confiar: En familia, amigos, y Dios aquellas personas que son creyentes. Si tenemos confianza, las probabilidades de que el resultado de un riesgo asumido sea positivo serán mayores. S el resultado es negativo, la confianza genera aprendizaje y resiliencia. Seguridad.- Yo creo que para sentirnos seguros se necesita tener paz. No hay mayor paz que la que pueden tener en Dios los creyentes y/o en la conciencia tranquila aquellos que no lo son. Todos hemos tenido miedo o temor, miedo a equivocarse en decisiones, a obtener malos resultados por no tomar las mejores decisiones. Es imposible no sentir temor, no tener miedo, a lo mejor no siempre podemos tomar las mejores decisiones. Somos humanos y nos equivocamos, pero vamos teniendo una mejora por medio de la experiencia, la seguridad y la confianza que tenemos. Según mi madre uno nunca se arrepiente de lo que hizo. Pero, casi siempre se arrepiente de lo que no hizo. MercedesJones

Temor

El temor es "Pasión del ánimo, que hace huir o rehusar aquello que se considera dañoso, arriesgado o peligroso."[3] En otras palabras, el temor es lo que nos detiene a hacer algo que está mal y podría perjudicar el bienestar de alguien.

Para reflexionar: Cual es la diferencia?

Una perspectiva puede ser que: El miedo te detiene y hace dudar de un logro que podrías tener. El temor te detiene y te hace pensar si lo que harás es correcto o no. Mi madre decía: Uno siempre se arrepiente de lo que no hizo.

Desde esta perspectiva el miedo es una limitación, si te encuentras en una situación de riesgo, atrévete! Si crees que si tienes algo que perder, es mejor decir "Lo intenté" a decir "Qué hubiera pasado si..". Esto no quiere decir que en todos los casos avances sin pensar en las consecuencias y lo que podría suceder. Si esta esa voz interior que duda y si en una situación crees podrías hacer un daño o no pudieras estar haciendo lo correcto, no hay que avanzar! Es fundamental pensar a dónde podría llevarte tu decisión.


Es un hecho que la conducta humana está casi siempre inspirada en la ignorancia y el temor, pero no es menos cierto que puede estarlo también en la sabiduría y el amor. Ver más en: http://www.proyectopv.org/1-verdad/temor.htm


OTRAS VICISITUDES

Sobre fantasmas y casas encantadas Para Ampuero, además, enfrentarse a este tipo de literatura conlleva todo un desafío. No es fácil, recuerda, “conseguir que una persona se abstraiga tanto, que no solo se crea la historia que está leyendo, sino que sienta el miedo hasta el punto de necesitar encender la luz, contemplar su alrededor, y mirar los espejos o debajo de la cama”. Autora de varios volúmenes de relatos tan inquietantes como Pelea de gallos o Sacrificios humanos, ambos en Páginas de Espuma, la escritora reconoce que a ella lo que le gusta es el susto.

“Me atrae asustarme y sentir cosas viscerales. Me atrae el terror por las posibilidades de contar el trauma de una manera no literal que, sin embargo, ayuda a que esa historia se vuelva real, paradójicamente, por medio de la ficción –señala–. Lograr que te identifiques con un personaje que es sometido a torturas por un poder inexplicable y superior puede explicar inmediatamente las dictaduras, los huesos, las desapariciones, los fantasmas que tienen algo no resuelto y se quedan en el plano humano y real. Normalmente ese algo no resuelto tiene que ver con la violencia, con que fueron asesinados o asesinos. El terror permite una narrativa del mal que no permiten otros géneros más literales y más miméticos con la realidad”.

Precisamente sobre fantasmas y asuntos pendientes, Layla Martínez se nutre de las tradiciones populares para encantar la casa de su abuela en Carcoma, una primera novela que atrajo la atención de la propia Enriquez cuando la definió como “una obra tensa y estremecedora, que se ocupa de los espectros y las cuestiones de clase y la violencia y la soledad con naturalidad, como si las brujas le hubiesen dictado a Layla Martínez esta lúcida y terrible pesadilla”. Lo suyo es, además, un relato de venganza por la historia de abusos y violencia que han sufrido las mujeres de su familia.

“Quería que, al menos en la ficción, se pudiera restituir ese daño”, confiesa esta joven debutante que admite que el género narrativo fue una elección casi natural, porque lo sobrenatural es algo habitual en su familia y bebe de las leyendas y tradiciones de la zona de Cuenca, entre La Alcarria y la Sierra. Para ello, Martínez nos habla de costumbres como dejar un hueco en la mesa para una persona que ha muerto recientemente o encender velas en los altares.

[María Fernanda Ampuero: "El feminismo está sufriendo los estertores del odio"]

“En la casa de mi abuela materna, que es la de Carcoma, la cultura de la muerte está bastante presente y existe esa creencia popular de los fantasmas que tienen algo pendiente. Yo también creo que hay formas de comunicarse con ellos, en mi familia es algo bastante habitual. Sobre todo en mi abuela que dice que ha visto a gente que se le ha aparecido, particularmente a su madre –mi bisabuela–, y lo cuenta con naturalidad”.

Tal vez porque como apunta Fernanda García Lao “el terror es un evento momentáneo”. Al menos la autora de Sulfuro (Candaya) prefiere “algo menos obsceno”. “Las fobias, las duplicaciones, el deseo o el asco existencial son emociones oscuras al alcance de cualquiera”, explica. Dramaturga y poeta argentina, además de narradora, García Lao explora en su novela la fragilidad mental de su protagonista, cuya vida se mezcla con la de los muertos que viven al otro lado de la calle.

“He vivido a doscientos metros de un cementerio durante más de veinte años. Es natural que se filtre en mi escritura. La escena final de La piel dura, una novela que publiqué en 2011, terminaba con cierto enigma ahí mismo, en una tumba que elegí para la ocasión. Me atrae la promiscuidad. No hay idealización ni voluntad gótica. Fui dark en la adolescencia, ahora el gesto me quedaría ingenuo. Al principio, cuando me mudé, veía salir del cementerio cada mañana a un señor mayor de pelo canoso y largo, embutido en su trajecito precario, y fantaseé con que era un muerto que se dirigía al supermercado con el propósito de desayunar y así postergar su muerte de un modo saludable”, comparte.

Aunque, al contrario que Martínez, reniega de lo paranormal, incluso de lo normal también, explica que la percepción depende de la capacidad de imaginar. “Vidas huecas no conozco, no hay quien sea normal, es hipocresía –reflexiona–. Cada cual oculta con esmero a su demonio. Y cuando aparece el costado criminal de algún vecino que pensábamos inocuo nos sorprende. Lo calificamos de monstruo. Era un ciudadano retentivo, no más. Alguien a la espera de perder el disfraz. Desde Pedro Páramo, desde La amortajada, siento que trabajar en ese territorio no debería considerarse novedad".

"Leímos a Emily Dickinson, tan oscura y agazapada, sin necesidad de solicitarle a su poesía una línea, una demarcación exacta entre lo vivo y lo muerto", añade, pues "no hay vida sin muerte y viceversa. La literatura no puede prescindir de esa contradicción. En cuanto a lo fantasmagórico, toda escritura lo es, en la medida en que damos vida a seres inexistentes, hechos de lenguaje. Apariciones sin materia, pero con voz capaces de instalar su discurso durante generaciones”.

Del terror de lo cotidiano al gótico andino Terror o no, lo cierto es que las historias que nos cuentan estas autoras acaban por volverse amenazantes. María Bastarós que en No era a esto a lo que veníamos (Candaya) muestra el terror de lo cotidiano a partir de un conjunto de relatos protagonizados por mujeres, adolescentes y niñas, reconoce también que el género no era su prioridad ni su intención. “Mi escritura –afirma– parte de lo cotidiano y es al desarrollarse cuando siempre vira hacia lo inquietante, o más que virar, lo abre. Y al diseccionarlo, asoman trazas de extrañeza, de incomodidad, que van amontonándose hasta revelar un fondo terrorífico. Creo que esa es la palabra (revelar) más apropiada: en mi caso no hay una construcción intencionada del terror sino que, al indagar en lo cotidiano, se acaba mostrando la oscuridad que lo habita”.

Como Bastarós, tampoco Mónica Ojeda se considera una autora pura del género del terror. La escritora se dio a conocer en 2014 con La desfiguración Silva, y ganó popularidad tras la publicación de Mandíbula (Candaya) en 2018, donde narraba la historia de una adolescente obsesionada con las historias de terror que era secuestrada por su profesora de literatura, y más recientemente por Las voladoras (Candaya), donde el terror le servía de nexo común para explorar la violencia de género, la sexualidad y otros temas.

[Vicente Luis Mora y Mónica Ojeda, dos mutantes entre géneros]

“Creo que mis libros sí trabajan con una conciencia de intensidad la emoción del miedo, también la violencia, el daño, la crueldad y el deseo y eso genera atmósferas que pueden facilitar el miedo de los lectores, que además se conecta con los miedos esenciales y atávicos, ya no solamente de los individuos sino también de las sociedades”, dice.

La obra de Ojeda, como la de García Freire, se enmarca dentro de lo que se ha denominado como gótico andino. “Apareció con la publicación del bellísimo libro de cuentos de Mónica Ojeda, Las voladoras, y me parece que ahora incluye a ciertas obras que escribimos autoras latinoamericanas que usamos el paisaje andino como centro de un terror antiguo que se mezcla con todo tipo de situaciones actuales –afirma García Freire–. En ese sentido alude a dos cosas importantes: el paisaje y su condición de ser que modifica las vidas de las personas, las encierra o las libera; las puede llevar a su condición más animal o a sus miedos más primitivos y, por otro lado, la recuperación de elementos sobrenaturales que, para mí, son parte de una cierta herencia del territorio. Yo no puedo entender mis montañas, mi paisaje sin creer que son sitios del bien y del mal, de lo divino y de lo sagrado”.

La autora de Trajiste contigo el viento (La Suiza), cuya prosa, afirma Bastarós, “provoca pesadillas psicotrópicas, puro mal viaje sin drogas, todo conseguido a base de talento”, cuenta que su novela partió de tres ideas: “Primero, mi miedo a la locura y a la vez una atracción hacia ella; quería explorarla en todas sus posibilidades, las más luminosas y las más oscuras”. Después su deseo de indagar en la violencia, “como una fuerza natural, que crece, que se apacigua, que se contagia, de ahí las ganas de entender la violencia colectiva de este pueblo imaginario, Cocuán, y su forma de destruir o de contenerse”, explica.

“Esto también se da, supongo, porque siempre he vivido en un lugar cuya violencia no es explícita, no es como la de las grandes ciudades , sino una violencia más secreta, más silenciosa que aniquila, que no admite lo débil o lo frágil, que está muy ligada al machismo, al catolicismo, a la clase y la raza. Me interesa esa idea de la violencia como una fuerza subterránea que está muy pegada a un sistema de valores, creencias, en una sociedad y que en algún momento explota”. En último lugar, estaba su “obsesión” con lo animal, “como última posibilidad de salvación –matiza–. En Cocuán todos los personajes tienen un reverso animal que puede salvarlos y que ellos deciden ignorar o abrazar”.

El miedo, como catalizador de historias De fondo, en estas historias, subyace también el interés por el miedo. Sentimiento que Bastarós relaciona inevitablemente con la vida de cualquier mujer. Bien sea por las propias experiencias –“tal vez agresión sexual, casi seguro acoso callejero, acercamientos indeseados y persistentes”–, bien por el modo en que nos contamos esa violencia. “Existe un discurso muy naturalizado sobre la debilidad de la mujer respecto al hombre –física, emocional e intelectual– que nos despoja a nivel psicológico de cualquier poder. Eso genera un miedo aún mayor, un miedo desesperanzado, el miedo de la indefensión aprendida. No es extraño que esto cristalice, de manera muy orgánica, en literatura con tintes de terror”, argumenta.

También en el cine, añade, hay directoras contemporáneas experimentando con el terror. “Desde Julia Dacornou a Amy Seitz, y además de manera bastante experimental. Imagino que es un territorio que azuza nuestra creatividad porque desde pequeñas estamos obligadas a dialogar constantemente con el miedo”.

Un miedo que se retuerce, se agudiza más, si, como es el caso, vives en un contexto complejo, como ocurre en muchas de las regiones de Latinoamérica. “Vengo de un país que es tremendamente violento y de una ciudad donde las tasas de feminicidios están por las nubes –comparte Ojeda–. Ese es el verdadero horror: la realidad de la vida de las mujeres en países en donde no se protegen sus derechos y en donde todavía queda mucho por hacer".

No obstante, "luego también está el terror de vivir en sociedades donde la desigualdad y la estructura colonial todavía se mantienen. Eso genera mucho dolor social, lo que da paso a la crueldad y al horror. Que haya tantas escritoras trabajando estos temas lo único que significa es que esos cuerpos que escriben son cuerpos expuestos a todos esos daños. Cómo no escribir sobre todo aquello que te está pasando en la piel, que te está sucediendo en la carne, es imposible, la escritura es eso, la palabra está encarnada”.

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No se equivoca. Precisamente de Ecuador son también otras autoras que han coqueteado con el género como Solange Rodríguez o García Freire. También, cómo no, Ampuero, una de las más relevantes dentro de la literatura de terror hispanoamericana. “En Latinoamérica la gente de mi generación nació en dictadura o vivió los últimos coletazos de alguna y hay algo en las casas que simboliza la historia de la ciudad y el país –explica esta última, que analiza cómo el terror se enfrenta a estos relatos–. Al igual que la casa mítica, la casa gótica, era una casa que evocaba el momento de la Gran Depresión: estas personas que lo tuvieron todo, que tenían mansiones y que al tener que irse a buscar trabajo a sitios pequeños, cubrieron sus muebles con sábanas blancas que si veías desde fuera te parecía un espectro”.

Esa atmósfera, “terrorífica per se”, es la que inevitablemente alumbra los textos de García Freire. “Soy una mujer mestiza que ha vivido toda su vida en una ciudad pequeñita, conservadora, religiosa; para mí la religión es terrorífica y violenta, es un artefacto de control y las montañas siempre han sido un lugar de lo sagrado y también de lo animal y salvaje. Todo eso fue naciendo con la escritura quizá porque no tenía otro paisaje al que acudir. En ese sentido, lo que más me interesa al narrar este paisaje andino es entender ese lenguaje en el que todo puede suceder, en el que todo habla, los muertos, la tierra, y todo tiene también la capacidad de volverte loca”.

De la advertencia a la denuncia La realidad se revela entonces como mucho más aterradora que una ficción que se puede apartar en cualquier momento. “Tiene un fin. Tienes la posibilidad de controlarlo. La realidad, no –sostiene Ampuero–. Pero es que además se siente en la carne, todos los géneros están ahí. La depresión, por ejemplo, es más terrorífica que cualquier cosa que puedas ver en la pantalla. Hay vidas que parecen escritas por David Lynch o por Stephen King. Lo que yo hago es subirle el volumen a la realidad, ponerle una luz especial o espectral y hacer que te vincules con un personaje que te puede representar a ti, pero también a otras personas que sufren esas violencias. Siempre digo que yo escribo desde la ira, que a mí la xenofobia o el machismo, el odio al otro, todo eso me enferma”.

Y, para argumentarlo, acude a la actualidad. “Solamente las normas que ha establecido el Mundial de Qatar, que prácticamente son del ‘Gran Hermano te vigila’… Parece ciencia ficción, como de Gilead en El cuento de la criada, y todos los países han decidido aceptar esto. Entonces ves cuán fácil podría ser establecer esto por el dinero. Que haya impuesto que las mujeres no puedan beber alcohol, reír ni hablar muy alto, oír música, bailar… Ahí tienes un relato. Lo que pasa con Putin, la amenaza nuclear, ahí tienes otro cuento. Y es un cuento que a mí me hiela la sangre porque en cualquier momento este hombre decide acabar con todo. Otra vez el horror de la energía nuclear, que inspiró de hecho en Stephen King varias de sus historias en el momento de la Guerra Fría”, recuerda.

Y así pasamos del terror como advertencia, al terror como denuncia social, como señala Bastarós. “Antes teníamos mucha película centrada en la mujer exclusivamente como víctima, un terror que decía: mira lo que sucede si te vas sola de casa, si te subes a ese coche, si te marchas con ese hombre, si exploras tu sexualidad. Ahora el terror tiene otras posibilidades, desde la denuncia explícita de Nerea Pereda en Cerdita –centrada en la gordofobia– a la más sutil de She dies tomorrow sobre la ansiedad y el miedo a la muerte, o personajes femeninos memorables como la skater con hijab de Una chica vuelve sola a casa de noche, de la iraní Ana Lyly Amarpour. También hay varias ficciones en clave de terror sobre el racismo, la serie Them o las películas Get out y Casa Ajena”.

Sin embargo, ¿qué es el terror?, replantea García Lao. “A riesgo de resultar antipática he de decir que no creo en la categoría. La literatura vendida como de terror me parece deficiente. Uno de los libros más inquietantes que leí en el último tiempo fue Claus y Lucas, de Agota Kristof. ¿Es terrible? Sí. Es terrible, pero a nadie se le ocurriría pensarlo como un libro de terror. No hay libro que me interese que no tense y subvierte las categorías. Artaud era terrible, o Genet. Osvaldo Lamborghini. Autores fuera de norma, que ponían en aprietos a sus contemporáneos”, concluye.

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