1. LA COLABORACIÓN ESTRATÉGICA EN CONTEXTOS COMPLEJOS




El entorno y los nuevos modelos de gestión de las organizaciones

Trayectoria del fortalecimiento en las organizaciones de la sociedad civil

Cuando comenzamos a trabajar articuladamente en espacios como el Foro del Sector Social, FeDEFA y la RACI, se comenzó a usar la expresión de procesos de “fortalecimiento” de las OSC —porque nombra con precisión una trayectoria histórica del sector social en Argentina— vinculada a la profesionalización de las organizaciones sociales. Recuerdo cuando invitamos a un experto norteamericano a hablarnos de la función de la dirección ejecutiva: fuimos a Rosario, a la ciudad de Córdoba, y allí casi nos tiran con tomates. “Eso de tener una directora o director ejecutivo es cosa de yankis”, nos dijeron.

Hoy, en cambio, nadie discute que, acompañando el crecimiento de las organizaciones, se desarrollan procesos de profesionalización de los equipos y de la estructura institucional. La función ejecutiva no se cuestiona, como tampoco la función de gobierno de las comisiones directivas y consejos de administración. A todo este proceso, que llevó años —en el que publicamos manuales sobre cuerpos de gobierno y realizamos talleres en todo el país— lo llamamos “programas de fortalecimiento” y, le demos el nombre que le demos, siempre serán necesarios.

El pasaje hacia una nueva generación de fortalecimiento

Ahora bien, el desafío no es reemplazar los programas de fortalecimiento sino hacer visible su transformación. Hablar de procesos de fortalecimiento de segunda generación implica reconocer que ya no estamos frente a un enfoque centrado exclusivamente en la mejora interna de las organizaciones, sino ante un cambio más profundo en la manera de concebir la acción organizacional en contextos complejos.

Durante décadas, el fortalecimiento organizacional se guio por la idea de que “hacer el bien requiere hacer las cosas bien” y estuvo asociado a la profesionalización, la mejora de la gestión, la transparencia administrativa y la eficiencia en el uso de recursos. Este enfoque fue —y sigue siendo— indispensable: permitió consolidar organizaciones, hacerlas más sostenibles y mejorar la calidad de sus intervenciones. Sin embargo, ese modelo parte de un supuesto implícito: que si la organización funciona bien hacia adentro, su impacto hacia afuera será una consecuencia casi natural. La experiencia acumulada en América Latina, y particularmente en Argentina, muestra que este supuesto es limitado cuando las problemáticas a abordar son estructurales, interdependientes y están atravesadas por múltiples actores.

Fortalecimiento de segunda generación y acción en el entorno

Los procesos de fortalecimiento llamados de segunda generación introducen un desplazamiento que no es solo técnico, sino conceptual. La pregunta deja de ser únicamente cómo mejorar el funcionamiento interno de una organización para pasar a ser cómo esa organización amplía su capacidad de actuar con otros, en relación con otros, y sobre el entorno en el que está inserta. Esto supone reconocer que el impacto ya no se juega exclusivamente en la calidad de la intervención directa, sino en la capacidad de colaboración estratégica, de influir y de construir respuestas colectivas.

Desde esta perspectiva, la metáfora de la mariposa deja de ser una imagen lejana para convertirse en una orientación práctica: invita a tomar en serio lo aparentemente pequeño —una conversación bien facilitada, una pregunta apreciativa, un espacio de encuentro intersectorial— porque, en contextos de alta interdependencia, esos “micro-movimientos” pueden escalar y contribuir a transformaciones mayores.

Pero también introduce una advertencia: así como pequeños cambios pueden generar efectos positivos amplificados, también pueden desencadenar dinámicas no deseadas. De allí que el fortalecimiento de segunda generación no pueda pensarse sin una dimensión ética —en línea con autoras como Adela Cortina— y sin reglas de juego claras para la acción colectiva, como las que estudió Elinor Ostrom en la gestión de bienes comunes. No se trata solo de activar conexiones, sino de orientar esas conexiones hacia formas de cooperación que sean sostenibles, equitativas y generadoras de valor público.

En síntesis, la frase del “aleteo de la mariposa” condensa una idea clave para pensar la colaboración estratégica en contextos complejos: en sistemas interdependientes, lo pequeño puede ser decisivo. El fortalecimiento de segunda generación se apoya en esta comprensión para desplazar el foco desde la acumulación de capacidades individuales hacia la construcción de entramados relacionales de alta calidad, donde las interacciones —junto con las estructuras formales— se convierten en el verdadero motor de transformación.


=== 2. EL TALENTO COLABORATIVO Y LOS VALORES ===

Fortalecimiento de segunda generación y TalentoColaborativo

Si el fortalecimiento de segunda generación implica ampliar la capacidad de las organizaciones para actuar en relación, entonces introduce una pregunta central: ¿qué capacidades hacen posible esa forma de acción?

Aquí aparece el concepto de talento colaborativo. No alcanza con organizaciones bien gestionadas; se requieren personas y equipos capaces de sostener procesos de articulación en contextos complejos.

El talento colaborativo no es un rasgo individual aislado ni una disposición abstracta. Es una configuración integrada de valores, capacidades y prácticas que hacen posible sostener procesos colaborativos en contextos diversos y cambiantes.

La dimensión ética como base de la colaboración

En este marco, los valores dejan de ser un complemento para convertirse en una condición estructural de la colaboración. Definen las reglas del juego: cómo nos vinculamos, qué consideramos válido, qué está permitido y qué no.

El aporte de AdelaCortina resulta especialmente relevante. Su propuesta de una ética mínima plantea que, en sociedades diversas, es posible construir acuerdos básicos que permiten la convivencia y la acción conjunta: libertad, equidad, solidaridad, respeto activo y diálogo.

Estos mínimos no buscan eliminar las diferencias, sino hacer posible la cooperación en contextos de diversidad.

Ética, valores y virtudes en la práctica colaborativa



=== 3. HERRAMIENTAS CONCRETAS VINCULADAS CON LA REFLEXIÓN DE VIRTUDES, INDAGACIÓN APRECIATIVA, DIÁLOGO REFLEXIVO Y CUIDADO INTEGRAL ===

El diálogo y el desarrollo de capacidades

El diálogo es el dispositivo central de los procesos colaborativos. La calidad del aprendizaje y de la acción colectiva depende de la calidad de las interacciones entre personas.

El enfoque dialógico pone en el centro:

• el valor de los argumentos por sobre las jerarquías • el reconocimiento de saberes diversos • la construcción de sentido compartido • la solidaridad como base de la interacción

Indagación apreciativa y desarrollo de capacidades


El cuidado integral y desarrollo de capacidades

Se genera en las: micro-relaciones, de familias y amigos, meso-relaciones de las organizaciones y macro-sistemas de las sociedades.

El concepto de cuidatoriado explicado por ella misma: Mª Ángeles Durán (IEGD) analiza el cuidado como actividad socioeconómica esencial


Hacia una comunidad de aprendizaje basada en valores

Una comunidad de aprendizaje no se construye solo con contenidos, sino con acuerdos sobre cómo nos vinculamos.

La cohorte 2026 de la Maestría en OSFL puede pensarse como una comunidad con identidad propia. Esto abre una pregunta central:

¿Qué valores queremos que orienten nuestros vínculos?

La construcción de un decálogo de valores permite hacer explícitas las reglas del juego, sostener la calidad del diálogo y fortalecer el cuidado y la colaboración. En el tema de los valores, Pensar, Planear y Hacer: para que "Las Propuestas se Transforman en Propósito." Estamos en “la ecología de la acción” que postula EdgardMorin


MÓDULO 4: FACTORES QUE AFECTAN LA CALIDAD DE LOS PROCESO COLABORATIVOS

El tiempo: ciclos de vida de las organizaciones y de las personas

Para simplificar la complejidad podemos tomar algunos de los elementos que son comunes a todas las organizaciones. Hay un eje que une el propósito de la organización con las acciones y los resultados. El eje del gobierno y el liderazgo se alinea con la planificación y por último el desarrollo de recursos y el financiamiento se conecta directamente con las relaciones y vínculos estratégicos internos y externo. Esto es común a todas las organizaciones, Para agregarle realismo a lo que estamos analizando conviene que tengamos en cuenta el paso del tiempo y el espacio. Hoy vamos a referirnos a la dimensión del tiempo.


afrontan una crisis de complejidad, en el sentido que le da Greiner, la pueden superar con mayor articulación y alianzas con otras organizaciones. Quiere decir que no tengo que tener una unidad de negocio propia para cada programa sino que puedo "tercerizar" y asociarme con otra entidad que preste ese servicio con calidad, por ejemplo.

Los aspectos no visibles de la colaboración

A este factor se suman los aspectos no visibles de la colaboración. No todo lo que ocurre en un proceso colaborativo está explicitado. Detrás de los acuerdos formales operan intereses diversos, expectativas no declaradas, percepciones sobre el poder, historias previas entre actores y también temores o resistencias.

Estos elementos no son en sí mismos problemáticos; forman parte de la complejidad de lo social. Sin embargo, cuando no pueden ser nombrados o elaborados, suelen aparecer como bloqueos o malentendidos.

La calidad de la colaboración depende en gran medida de la posibilidad de generar espacios donde estos aspectos puedan ser reconocidos sin que eso implique deslegitimar a los actores involucrados. Aquí el diálogo, tal como tendría que practicarse en una comunidad de aprendizaje, se vuelve una herramienta central.

Costos de la colaboración

Otro elemento central es el reconocimiento de los costos de la colaboración. Colaborar implica invertir tiempo, ceder parte de la autonomía, negociar prioridades y sostener procesos que, muchas veces, son más lentos que la acción individual. También supone exponerse al desacuerdo y asumir la complejidad de coordinar con otros.

Cuando estos costos no se hacen visibles, la colaboración puede volverse frustrante. En cambio, cuando se los reconoce, es posible diseñar mejores condiciones para gestionarlos.

En este sentido, los valores acordados en el decálogo ayudan a dar sentido a estos costos, porque permiten comprender para qué vale la pena sostener el esfuerzo de colaborar.

Gestión de tensiones

La colaboración no elimina las tensiones; las hace visibles. En estos procesos conviven intereses distintos, tiempos diversos y miradas que no siempre coinciden. Las tensiones entre cooperación e intereses propios, entre corto y largo plazo o entre autonomía y coordinación forman parte constitutiva de la colaboración.

La diferencia no está en evitarlas, sino en cómo se las gestiona. La calidad de la colaboración se expresa en la capacidad de sostener estas tensiones sin que se rompan los vínculos.

Aquí vuelve a aparecer el valor del decálogo: no como una lista normativa, sino como un criterio compartido que orienta cómo atravesar los desacuerdos.

Desde esta perspectiva, los procesos colaborativos no se caracterizan por la ausencia de conflictos, sino por la capacidad de construir a partir de ellos.

=== 5. INTELIGENCIA COLABORATIVA, INTELIGENCIA ARTIFICIAL E INTELIGENCIA COLECTIVA- HACIA LA SABIDURÍA COLECTIVA ===

El desarrollo de procesos colaborativos en contextos complejos abre una pregunta más amplia sobre la naturaleza de la inteligencia que se pone en juego en estos espacios. Si la colaboración implica pensar y actuar con otros, entonces no se trata únicamente de coordinar acciones, sino de producir formas de comprensión que exceden las capacidades individuales.

Inteligencia colaborativa

La inteligencia colaborativa puede entenderse como la capacidad de un grupo para construir sentido compartido, tomar decisiones y actuar de manera conjunta integrando perspectivas diversas. No se trata de sumar opiniones, sino de generar algo que ninguna persona podría producir por sí sola.

Esta forma de inteligencia se apoya en la calidad de las interacciones: en la escucha, en la apertura a revisar las propias posiciones y en la disposición a construir con otros.

En este sentido, los valores trabajados en la comunidad de aprendizaje no son un complemento, sino una condición para que esta inteligencia pueda desarrollarse.

Inteligencia colectiva

Cuando estos procesos se sostienen en el tiempo y se amplían a redes más complejas, emerge lo que se denomina inteligencia colectiva. Aquí ya no hablamos solo de equipos, sino de sistemas más amplios —comunidades, redes, ecosistemas— capaces de aprender, adaptarse y responder a problemáticas complejas.

La inteligencia colectiva no es la suma de inteligencias individuales, sino una propiedad emergente de la calidad de las relaciones.

La comunidad de aprendizaje de la maestría puede entenderse como un espacio donde esta inteligencia comienza a desarrollarse, a partir de las interacciones que se generan en clase y fuera de ella.

Inteligencia artificial como nuevo actor

En este escenario, la inteligencia artificial introduce un elemento nuevo. Estas herramientas amplían la capacidad de acceso a información y de análisis, pero no reemplazan la inteligencia colaborativa ni la colectiva.

La cuestión no es si utilizar o no inteligencia artificial, sino cómo integrarla en procesos donde lo humano —la capacidad de juicio, la dimensión ética y la construcción de vínculos— sigue siendo central.

La inteligencia artificial puede potenciar la colaboración, pero también puede empobrecerla si sustituye el diálogo o reduce la diversidad de perspectivas.

Hacia la sabiduría colectiva

La noción de sabiduría colectiva introduce una dimensión aspiracional. No se trata solo de producir respuestas más eficientes, sino de orientar esas respuestas en función del bien común.

La sabiduría colectiva implica integrar conocimiento con valores, considerar las consecuencias de las decisiones y sostener una mirada de largo plazo.

En este sentido, el trabajo con el decálogo de valores y la práctica del diálogo no solo contribuyen a mejorar la colaboración, sino que orientan el desarrollo de formas de inteligencia que pueden convertirse en sabiduría compartida.

Desde esta perspectiva, la comunidad de aprendizaje no es solo un espacio de formación, sino también un ámbito donde es posible ensayar, en pequeña escala, modos de construir inteligencia y sentido colectivo en contextos de diversidad.


Cierre de la clase 2: sentido, integración y proyección

A lo largo de esta clase fuimos recorriendo un conjunto de ideas que, vistas en conjunto, configuran un cambio profundo en la manera de comprender y practicar la colaboración en organizaciones y en espacios intersectoriales.

Comenzamos reconociendo una trayectoria: los procesos de fortalecimiento que durante años permitieron consolidar organizaciones, profesionalizar equipos y mejorar la gestión. Ese camino no solo fue necesario, sino que sigue siendo una base imprescindible. Sin embargo, también vimos que, frente a contextos complejos, ese enfoque resulta insuficiente si queda centrado exclusivamente en el funcionamiento interno.

A partir de allí, introdujimos la idea de una segunda generación de procesos de fortalecimiento, donde el foco se desplaza hacia la capacidad de actuar en relación: articular con otros, incidir en el entorno y participar en la construcción de respuestas colectivas. Este desplazamiento no es solo técnico, sino también cultural y ético, porque redefine qué significa estar “fortalecido”.

Talento colaborativo y dimensión ética

En ese marco, incorporamos el concepto de talento colaborativo como una forma de comprender las capacidades necesarias para sostener estos procesos. Lejos de ser una cualidad individual, el talento colaborativo se construye en la intersección entre valores, capacidades y prácticas. Esto nos permitió poner en el centro una dimensión que muchas veces queda en segundo plano: la ética.

A partir del aporte de Adela Cortina, trabajamos la idea de que la colaboración no puede sostenerse sin acuerdos básicos que orienten la acción. La ética mínima —libertad, igualdad, solidaridad, respeto activo y diálogo— no busca eliminar las diferencias, sino hacer posible la vida en común en contextos de diversidad. En este sentido, los valores no son declaraciones abstractas, sino criterios concretos que regulan los vínculos y habilitan la acción colectiva.

También vimos que estos valores, cuando se practican de manera sostenida, se expresan en virtudes cotidianas que funcionan como un soporte decisivo de la colaboración. La confianza, la responsabilidad compartida, la apertura o la disposición al cuidado no se imponen, sino que se construyen en la experiencia.

Herramientas para la práctica colaborativa

En paralelo, incorporamos herramientas que permiten llevar estos conceptos a la práctica. El diálogo, entendido como un espacio donde el valor de las ideas no depende de la jerarquía de quien las expresa, aparece como un dispositivo central. La indagación apreciativa, por su parte, nos invita a mirar lo que ya está funcionando, a reconocer capacidades existentes y a construir a partir de allí. El cuidado introduce una dimensión relacional que permite sostener los vínculos en contextos de tensión o incertidumbre.

Factores que afectan la calidad de la colaboración

A su vez, analizamos factores que afectan la calidad de los procesos colaborativos. La dimensión del tiempo —tanto en las organizaciones como en las personas— nos recuerda que no todos los actores están en el mismo momento ni cuentan con las mismas condiciones para participar. Los aspectos no visibles de la colaboración —intereses, expectativas, percepciones de poder— nos muestran que no todo lo relevante está explícito. Los costos y las tensiones nos permiten comprender que colaborar no es un proceso lineal ni exento de dificultades, sino un espacio donde se juegan equilibrios que requieren ser gestionados.

Inteligencia colaborativa y proyección hacia la inteligencia colectiva

Finalmente, abrimos la mirada hacia la inteligencia colaborativa, la inteligencia colectiva y la relación con la inteligencia artificial. Allí vimos que la colaboración no solo permite coordinar acciones, sino producir formas de pensamiento compartido que amplían la capacidad de comprender y actuar. La inteligencia colectiva emerge cuando estas interacciones se sostienen en el tiempo y se expanden a redes más amplias. La noción de sabiduría colectiva introduce una orientación: no se trata solo de producir mejores respuestas, sino de hacerlo de manera ética, responsable y con sentido de futuro.

Apertura hacia la experiencia entre clases

A partir de todo este recorrido, la invitación que se abre no es incorporar más contenidos, sino llevar estos conceptos a la experiencia.

En lugar de proponer una tarea adicional, la propuesta es observar y practicar la colaboración en los espacios en los que cada persona ya participa.

Cada uno forma parte de organizaciones, equipos, redes o comunidades. Esos espacios pueden convertirse en ámbitos donde explorar, de manera situada, algunos de los elementos trabajados en clase.

La invitación es prestar atención a cuatro dimensiones:

* los valores presentes —y los que faltan— en las interacciones, * la calidad del diálogo, * la posibilidad de formular preguntas desde una perspectiva apreciativa, * el lugar del cuidado en los vínculos.

No se trata de agregar actividades, sino de mirar de otro modo lo que ya está ocurriendo y, cuando sea posible, introducir pequeños cambios que permitan explorar nuevas formas de interacción.

El decálogo como punto de partida

En este marco, el ejercicio de construcción del decálogo de valores de la cohorte 2026 adquiere un sentido particular. No es un cierre ni una definición definitiva, sino un punto de partida.

El decálogo permite hacer explícitos algunos acuerdos sobre cómo queremos vincularnos en esta comunidad de aprendizaje. Pero su valor no está en el listado en sí, sino en la posibilidad de poner esos valores en práctica y observar qué sucede cuando se los toma en serio.

Por eso, el decálogo puede pensarse como una referencia que acompaña este período entre clases, más que como un producto terminado.

Proyección hacia la clase 3

En la próxima clase, el foco estará puesto en recuperar estas experiencias.

No se tratará de evaluar resultados ni de presentar informes, sino de poner en valor lo aprendido a partir de la práctica:

* qué observaron en sus espacios de trabajo, * qué cambios intentaron, * qué funcionó, * qué resultó más desafiante.

A partir de esas experiencias, será posible profundizar la comprensión de la colaboración, revisar el decálogo construido y seguir desarrollando herramientas que permitan sostener procesos colaborativos en contextos reales.

Síntesis final

La colaboración, tal como la estamos trabajando, no es solo una forma de organizar el trabajo, sino una manera de habitar las relaciones.

Implica reconocer la complejidad de los contextos, valorar la diversidad de perspectivas, sostener tensiones sin romper vínculos y construir respuestas que ninguna persona u organización podría producir por sí sola.

En este proceso, los valores, el diálogo, la indagación apreciativa y el cuidado no son elementos accesorios, sino condiciones que hacen posible que la colaboración ocurra y se sostenga.

La invitación no es solo a comprender estos conceptos, sino a experimentarlos en la práctica, en los espacios concretos donde cada persona ya está actuando.

A partir de allí, la colaboración deja de ser un tema de estudio para convertirse en una experiencia que se construye, se revisa y se transforma en el tiempo.


EnciclopediaRelacionalDinamica: ClaseDosMaestria (última edición 2026-04-29 19:00:55 efectuada por MercedesJones)